Crepúsculo en el río Santa Cruz

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El río más amenazado de la Patagonia argentina
 
Texto y fotos por Michael Gaige
 
Nota del Editor: El siguiente es de Edición 8. 
 
 
El alba, un raro momento sin viento en la estepa patagónica, me permite escuchar las aves y el correr del agua. Empaco mi carpa, alisto la balsa y espero un poco más de luz. La mañana ofrece una agradable aunque breve ventana para pasar por este implacable paisaje. El aire calmo es efímero en la estepa. En unas pocas horas los insistentes vientos me sacarán del río.
 
Llevo dos días en un solitario viaje de 320 kilómetros por el río Santa Cruz. Vine a explorar el corazón de la Patagonia, seguir las huellas de Charles Darwin y Francisco Perito Moreno y ver lo que está en riesgo en el río más amenazado de la Patagonia argentina.
 
El Santa Cruz hace un largo viaje hacia el este por la árida estepa argentina hasta llegar al Atlántico. Es uno de los principales ríos y el de mayor tamaño en la Patagonia más austral. Su volumen de agua es comparable a los ríos chilenos Baker y Pascua (y al Colorado en Estados Unidos). Fluye especialmente rápido en sus tramos superiores. Por momentos, el poder del agua se siente abrumador en mi pequeña embarcación. Avanzo por curvas serpenteantes que giran sobre sí mismas; las montañas primero a mis espadas y luego frente a mí. Remolinos y ondas tiran la balsa. 
 
Luego de remar por tres horas en el amanecer, salgo del río en la confluencia con el arroyo El Lechuza, uno de los tributarios más grandes del Santa Cruz. Apenas un hilo de agua, pero un extraño oasis de exuberante vegetación pinta el paisaje de verde y, como yo, los animales siguen el verdor. Una docena de caracaras adornan un enredo de arbustos,  mientras las golondrinas chilenas persiguen a los insectos. Mi presencia ahuyenta a un ñandú, mientras una madre zorra y su camada se escabullen hasta desaparecer en la espesa vegetación. Desde cada dirección me observan guanacos, bramando a veces un sonido entre relincho y la risa de una hiena. Como todo en este paisaje, su presencia es pasajera. También la mía. Dejo mi equipo y voy a los altos peñascos sobre el río. 
 
Acantilado Cóndor
En un acantilado de basalto, apoyo mi espalda contra una roca de granito liso. Hacia el oeste, a la distancia los cóndores vuelan en círculo sobre los picos de los Andes. Charles Darwin le disparó a un cóndor aquí durante una expedición del Beagle en 1834. Aunque los Tehuelches que habitaban esta zona lo conocían como Yaten-Huajeno, el lugar se hizo conocido como Condor Cliff (AcantiladoCóndor).
 
Los cursos del río Santa Cruz cruzan esta rojiza estepa como una joya turquesa. La expedición de Fernando de Magallanes en 1520 —la primera circunnavegación alrededor del mundo— ancló en la boca del río y lo llamó Santa Cruz. Pero ningún europeo, hasta el Beagle, había penetrado en su fuerte corriente. Darwin, con el capitán Fitz Roy y una tripulación de 23 hombres, subieron por el río buscando llegar a las cimas de los Andes. Aunque vieron las montañas, su expedición no alcanzó el nacimiento del río en el vasto lago Argentino y el lago Viedma, que se encuentran entre las famosas agujas de granito patagónicas de El Chaltén y Torres del Paine. Nunca se enteraron de que estos lagos contienen agua de deshielo de enormes glaciares como el Upsalla, el Spegazzini y el Perito Moreno. Tampoco descubrieron que estos glaciares fluyen desde los Campos de Hielo Sur —un vestigio de una capa de hielo patagónica mucho más grande que alguna vez llegó hasta Condor Cliff—.
 
Desde una cornisa de basalto de dos millones de años en el acantilado, miro a mis pies las arboledas de álamos de Lombardía, árboles que el autor de In Patagonia, Bruce Chatwin, llamó “los signos de puntuación del hombre”. Un viejo rancho de ovejas, la estancia El Cóndor, se esconde entre ellos, abandonada. Como el hielo, es parte de una era pasada en el Santa Cruz.
 
GALERIA DE FOTOS
 
El acantilado promete un hito adicional, la ubicación propuesta para la primera represa en el río Santa Cruz. El sueño de ingenieros desde 1950, las represas de este río han aparecido y desaparecido de la ambición política por décadas. El 2007, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner revivió el plan. Hoy, con apoyo financiero de China, están más cerca de la realidad. A principios de 2015 depositó la primera cuota del préstamo para el proyecto de US$ 5 billones. Una revisión medioambiental está programada para octubre y se espera que la Corte Suprema resuelva respecto del impacto de un proyecto que parece un hecho. Sin embargo, la fuerte oposición y la revisión de la Corte ofrecen la esperanza de que este río casi desconocido siga fluyendo.
 
Este es el sitio más rico del río en términos biológicos y la represa va a matar todo. Llamada Néstor Kirchner, en honor al ex presidente de Argentina, tendrá 75,5 metros de altura, cerca de 3 kilómetros de largo y estancará el río por 80 kilómetros hasta el lago Argentino. Las preocupaciones de los ambientalistas se enfocan en los potenciales efectos de la represa sobre los glaciares —incluyendo el famoso Perito Moreno— si el nivel del lago Argentino se estabiliza. Una represa más corta protegería los glaciares, pero aún así el río dejaría de correr.
 
El encanto de fósiles y peces
A medio camino de mi viaje, acampo en la base de otro acantilado. Los fósiles abundan. Aquí, los sedimentos corresponden a la formación del Santa Cruz durante el Mioceno, una capa de barro, arena y ceniza de 17 millones de años que recubre la mayor parte del río. Es famoso entre los geólogos por ser uno de los mayores yacimientos de fósiles de vertebrados en Sudamérica. En diez minutos encuentro dos puñados de huesos. No puedo reconocer ninguno, excepto el rabo de un gliptodonte, un antiguo armadillo del tamaño de un Volkswagen Beetle.
 
Luego de que en 1877 Francisco Moreno desenredase la geografía del Santa Cruz, una serie de exploradores se aventuró río arriba en la búsqueda de la historia natural. Desde fines del 1800 y hasta la actualidad, la cuenca del río, con sus fósiles del Mioceno y sus glaciares del Pleistoceno, ha sido un hervidero de exploración e investigación científica. Hoy, los nuevos descubrimientos continúan apareciendo en las revistas científicas. El río Santa Cruz podría ser un monumento en conmemoración de la exploración y los descubrimientos científicos en la Patagonia.
 
Sin embargo, la mayoría de los visitantes actuales viene por los peces, la única fuente económica real del río. El introducido salmón Chinook, original del noreste pacífico de los Estados Unidos, escapó de los sitios de cultivo chilenos y migró al Santa Cruz. Pero aquí la verdadera atracción para los pescadores es la única carrera en el mundo de la trucha arcoíris del Atlántico. Introducida en el Santa Cruz hace más de un siglo desde California, las truchas marinas alcanzan hoy un promedio de 6 kg, algunos incluso hasta 9kg. Al llegar marzo y abril de cada año, los pescadores se escabullen hacia Comandante Luis Piedrabuena, el único pueblo ribereño de Santa Cruz, para entrar al río en busca de peces.
 
Los funcionarios de turismo que conocería en Piedrabuna al final de mi viaje se encogieron de hombros cuando les pregunté sobre el destino de los peces si la represa se construye. No se han anunciado planes sobre escalas de peces, pasajes que les permite moverse alrededor de la represa y, en un proceso de planificación en gran parte secreto, se desconoce si están siendo considerados.
 
La Barrancosa
Justo después del amanecer del quinto día me acerco a la estancia La Barrancosa, donde verdes edificios ondulados destacan entre exóticos tamariscos y sauces. Con excepción de las liebres europeas, el lugar está deshabitado. Comienzo un recorrido autoguiado y lo que me parece más interesante es un cobertizo para la esquila de ovejas con una prensa de lana de Nueva Zelanda. La presencia de ovejas, como todo lo demás en este paisaje, fue efímera; en todo mi viaje vi sólo unas cuantas docenas. El cobertizo ha sido barrido, pero escucho el sonajeo de su techo galvanizado y una llave crujir con el viento. El sonido crea una presencia inquietante. 
 
La Barrancosa es el sitio propuesto para la segunda represa del Santa Cruz. Llamada Jorge Cepernic, como el gobernador provincial, tendrá 43,5 metros de alto e impulsará el agua hacia la primera represa. El 51% del río, incluyendo sus áreas más ricas y diversas, será inundado.
 
En cinco cortos días de remo he recorrido 185 kilómetros de río y en cinco años todo esto podría estar bajo el agua: los somormujos con sus nidos, los yacimientos de fósiles, las guaridas de puma, los sitios Tehuelches y las estancias abandonadas, por nombrar unos pocos. Toda la riqueza de la historia natural y humana será ahogada.
 
Sin embargo, en lugar de las represas que inundan todas estas riquezas en la oscuridad, un par de sitios de camping bien definidos y algo de información básica sobre el Santa Cruz podrían atraer a muchos amantes de aventuras como yo. Un corredor de conservación que conecte el Santa Cruz con el parque nacional Monte León en la costa argentina y con los parques de la columna de los Andes, podría proteger su vida salvaje, sus fascinantes detalles geológicos, la historia del asentamiento en Santa Cruz y los fantasmas de los más famosos y celebrados exploradores de la Patagonia.
 
En mi último campamento, cerca de un sitio que los Tehuelches llamaron Chickerook-aiken, me siento en un peñasco al atardecer con un fuerte viento noreste. La poca luz a estas altas latitudes es tan bella como pasajera. Pareciera que todo en el Santa Cruz es así: los gliptodontes del Mioceno, las grandes capas de hielo que dejaron granito en el acantilado del Cóndor, la cultura Tehuelche y más tarde la cultura ovejera. Como las huellas del puma en el blando barro del río, nada perdura en este lugar. Todo es llevado por el feroz viento.
 
De ser construidas, las represas también serán pasajeras. Algún día serán removidas y sólo entonces se conocerán sus verdaderos efectos. En un corto siglo las represas serán derribadas y el río correrá salvaje como lo ha hecho por millones de años. Las represas también morirán algún día. Pero, entonces, tal vez el río Santa Cruz también lo haga.
 
 
 
 

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