Trekking: Reserva Nacional Malalcahuello-Nalcas

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Por Tomás Moggia 
 
Nota del Editor: Lo siguiente es de la Edición 11.  
 

Llevo casi tres horas caminando hasta que finalmente salgo del húmedo y tupido bosque. Atrás quedan algunas altísimas y longevas araucarias, además de otras especies como lengas, coihues y robles. Mientras sigo subiendo por la soleada y expuesta ladera que marca el fin del sendero Piedra Santa, un frio viento comienza a soplar, y las cada vez más aisladas y solitarias araucarias comienzan a adoptar figuras achaparradas y extrañas, dando cuenta del rol de artesano y modelador que a ratos cumple el viento a mayores altitudes.

De un momento a otro, el volcán Lonquimay muestra parte de su rostro, y a medida que asciendo, pronto queda al descubierto su ladera sur. Pese a que estamos en los días finales del verano, todavía mantiene, en forma recelosa, algunos últimos neveros. Doy media vuelta como para tomar aire y mirar valle abajo, y casi de sorpresa me encuentro con una vista despejada a la Sierra Nevada y al volcán Llaima.
 
El sendero continúa por una erosionada ladera por sobre el límite de la vegetación. Llegado a un punto, la huella comienza a descender hasta el río Colorado, allí donde el Lonquimay ejerce como guardián absoluto de estos dominios pertenecientes a la Reserva Nacional Malalcahuello-Nalcas. Camino unos metros río abajo hasta llegar a un buen punto donde acampar cerca del agua, inmerso en un bosque que de noche cobra vida: varios monitos del monte suben y bajan por entre araucarias y otros árboles, paralizándose cada vez que el haz de mi frontal los descubre.
 
A la mañana siguiente me hallo subiendo cuesta arriba bajo un sol que no da tregua, y que se vuelve cada vez más asfixiante a medida que cruzo la aridez de un antiguo escorial. Un par de horas sobre este desierto volcánico y lentamente van quedando atrás el portezuelo Huamachuco y el portezuelo Pancutra. Poco después de este último viene mi primer encuentro con el volcán Tolhuaca, que se alza algunos kilómetros hacia el norte, más allá del extenso campo de lava que lo separa del Lonquimay.
 
Mientras desciendo por entre el límite de la vegetación, agradezco la sombra y el frescor propio del bosque. Un incesante picoteo en la corteza de los árboles me obliga a detenerme. Al menos un carpintero negro debe andar por sobre mi cabeza, ansioso por encontrar alguna larva o insecto. Y al rato su sonido lo delata, al igual que su cantar. En la parte alta de una lenga, al macho lo distingo por su cabeza y copete rojo golpeando desquiciadamente la madera, mientras que, a uno o dos árboles más alejada, una hembra hace lo propio.
 
 
Foto: David VidalFoto: David Vidal
 
 
Dejo el bosque asumiendo que se viene la parte más agotadora de la jornada, con una huella serpenteante que atraviesa un interminable y rugoso campo de lava mientras el sol parece derretir las piedras volcánicas bajo mis pies. Son unas dos horas y media caminando por un infierno desértico que parece no acabar nunca sobre las faldas del Lonquimay, hasta que finalmente se llega al paso que une a ambos volcanes, lugar donde también se puede apreciar al volcán Callaqui y el Copahue, ambos a más de 40 kilómetros hacia el norte.
 
A partir de aquí, el sendero transita por un antiguo camino vehicular. Poco a poco la ruta desciende mientras va revelando un campo volcánico mucho más amplio que el anterior, plagado de lenguas de lava que emergen desde la cara norte del Lonquimay y que conforman un escenario que parece inabarcable, y donde los flujos volcánicos más recientes adquieren tonalidades rojizas en contraposición con el negro de las más antiguas.
 
Todavía más conmovedor resulta la irrupción del cráter del Navidad, que surge como una protuberancia del Lonquimay. Y es que en realidad no es más que un cráter “parasitario”, que recibió ese nombre debido a que entró en erupción un 25 de diciembre de 1988, arrojando material volcánico por alrededor de un año y formando un cono de unos 100 metros de altura.
 
Mientras desciendo, el sonido lejano del agua corriendo quebrada abajo me reconforta. Bebo hasta saciarme para luego continuar unos minutos más hasta el estero Laguna Verde, justo sobre la falda este del volcán Tolhuaca, y donde una solitaria y estrellada noche me aguarda.
 
Al tercer día, el sol sigue acompañando mis pasos, sabiendo que por delante me separan unos 20 kilómetros de mi destino. Dejo atrás la escondida laguna Verde para atravesar el portezuelo Nalcas hasta el punto que en el antiguo camino vehicular baja hacia la quebrada, y tomo el sendero que avanza por un bosque mixto donde abundan aguiluchos y cachañas. A esta altura del recorrido, el volcán Lonquimay ya desapareció completamente de la vista, pero sigo bajo la atenta mirada del Tolhuaca.
 
 
Foto: 12xChileFoto: 12xChile
 
 
Tras un par de horas descendiendo y cruzando algunos arroyos, doy con el estero Uribe, donde un chapuzón al desnudo se vuelve irresistible. De vuelta en el sendero, a la distancia se ve con mayor nitidez la cordillera Lancú, y bien entrada la tarde, ya estoy en la guardería de Conaf, que cuenta con una pequeña casa y varios puestos para acampar –con agua a disposición- bajo las araucarias. Aprovecho el tiempo y tras dejar mi pesada mochila voy a dar una vuelta por la laguna La Totora, que por entre los juncos esconde una importante y bulliciosa avifauna.
 
Mientras me recuesto a mirar el acontecer de la laguna, un trío de pitíos comienza a trinar sobre mi cabeza, golpeteando a ratos la blanca madera de un antiguo árbol muerto. Con una vista al ahora lejano volcán Tolhuaca, caigo desplomado dentro de la carpa, sabiendo que al día siguiente me espera una larga caminata de casi 30 kilómetros.
 
La primera parte de la jornada transcurre por una propiedad privada llamada fundo Lolco. Poco más adelante, ya de nuevo dentro de la reserva nacional, el límite de la imponente lengua de lava se levanta por entre los árboles. A ratos pareciera que todavía estuviera “viva” y avanzando valle abajo.
 
Ahora el río Lolco –y también el camino- parece aprisionado entre el escorial volcánico y las empinadas laderas aledañas, lo que en determinadas ocasiones ha represado el agua a tal punto que se han formado pequeños estanques donde abunda una especie de alga o microorganismo de un verde radioactivo. Más asombrosa aún es la laguna Escorial, mucho más grande, profunda y de un azul intenso, que también fue cercada por la lava inundando una gran superficie de árboles que incluso hoy en día se mantienen en pie conformando un verdadero cementerio de los ahogados.
 
Sigo el camino a través de un bosque de lengas por algunas horas, ganando altura rápidamente entre las últimas araucarias. La vegetación es cada vez más exigua y la vista a todo el valle es impactante, con el desolador paisaje del interminable y áspero campo de lava en todo su esplendor, dominado por el volcán Lonquimay y, hacia el oeste, el Tolhuaca.
 
Una vez superado el paso Lolco, me dirijo hasta el mismísimo borde del cráter del Navidad, desde donde se pueda echar un vistazo a las profundidades de la Tierra y a los extensos dominios de un volcán Lonquimay que observa atentamente cada paso. Desde la altura, el enorme e incontrarrestable poder de transformación de las erupciones volcánicas queda de manifiesto, en un territorio que a simple vista parece hostil, pero que poco a poco las araucarias se encargan de ir colonizando y abriendo posibilidades para otras especies, en una armónica y única asociación entre araucarias y volcanes.
 
 
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