Monte Fitz Roy: Encumbrando un sueño

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Por Michael Sánchez
 
Nota del Editor: Lo siguiente es la versión completa de un artículo de la Edición 13
 
Incontables son las noches esperando el momento para estar ahí nuevamente. Ya en dos ocasiones lo había intentado sin éxito y ahora buscaba una nueva oportunidad para hacerlo. El debut en sus verticales e icónicas paredes se produjo en una temporada invernal en la que un accidente que incluyó severas congelaciones de manos y pies, sobre todo para uno de mis mejores compañeros de escalada, terminó por sepultar cualquier anhelo de cumbre. Al verano siguiente, las malas condiciones climáticas nos hicieron desistir una vez más, lo que había transformado al Monte Fitz Roy en la montaña de mis sueños.
 
Ahora, algunos años más tarde y después de más de una década escalando en la Patagonia, esta parecía ser una chance única e irrepetible, donde se conjugaba mi mayor experiencia con una atractiva ventana de buen tiempo. ¿Sería este el momento oportuno para pisar la cima del Chaltén, la denominación que le habían otorgado los tehuelche a esta “montaña humeante”?
 
Después de una temporada nutrida en escaladas, Max Didier, Cristóbal “Tola” Señoret y yo nos trasladamos hasta El Chaltén, el pueblo argentino que tiene entre sus guardianes al Monte Fitz Roy y el Cerro Torre. Montañas que cargan con un misticismo y una historia sin parangón en la Patagonia, paredes espléndidas de puro granito, cobijadas por unas condiciones climáticas extremas, una aventura de principio a fin donde nunca se sabe a ciencia cierta con qué te vas a encontrar en el camino. Cumbres que por su belleza estética y dificultades técnicas se han transformado en un verdadero símbolo del montañismo a nivel mundial.
 
Decidimos ascender la histórica ruta Tehuelche, que lleva a la cumbre del Fitz Roy por su cara norte, tal como lo hiciera Gino Casassa, el primer chileno en conquistar este macizo allá por 1980. Deseábamos coronar aquella vía porque soñábamos con un desafío que realmente nos probara al extremo en términos físicos, mentales y emocionales.
 
Su recorrido de unos 1.300 metros y su graduación de 6b+ nos llevaría a encontrar esa verticalidad que tanto ansiábamos para exprimir al máximo nuestras habilidades. Queríamos vivir una experiencia mucho más al límite que la que podríamos encontrar en la Afanasieff o la Supercanaleta.
 
En la vertical
En una oscuridad total y abrumadora, que sólo era interrumpida por la luz de nuestras frontales, nos juntamos junto a otra cordada de chilenos en el río Eléctrico a eso de las 4 de la madrugada. Caminamos hasta el amanecer en un viaje que marcaría nuestras vidas. Subimos, bajamos, caminamos y trepamos para pasar por Piedra Negra. Tomamos un respiro y contemplamos el lugar, dominios absolutos de la nieve, el hielo y el granito.
 
 
 
 
Desde el Paso del Cuadrado bajamos para dirigirnos al Chaltén. Una vez en la base del macizo, nos separamos de nuestros otros compañeros y arreglamos los equipos que usamos hasta el largo 14. Con crampones, botas, piquetas y cuerdas, nos aproximamos al inicio de la pared durante una hora y media, caminando por zonas nevadas y también trepando sobre placas y berglas, hasta que llegamos a la ruta Tehuelche. Lo hicimos bajo la técnica A0, es decir, con seguros, estribos y cuerdas.
 
Frente a la pared, una serie de sensaciones comienzan a aflorar a borbotones: el miedo propio a enfrentarse a lo desconocido, y también una cuota de ansiedad y hasta cierto grado de nerviosismo. Trato de combatir esos sentimientos con la confianza que me otorga el trabajo físico y mental que he venido desarrollando por muchos años para enfrentar desafíos como este. Así, esas sensaciones iniciales pasan lentamente a un segundo plano.
 
Miramos rápidamente el mapa mientras nos transformamos de montañistas a escaladores. Nuestra estrategia sería simple: un líder escalaría hasta que su cuerpo y mente no pudieran más, para después ser relevado por otro compañero.
 
A eso de las 9 de la noche, mientras todavía quedaban los últimos rayos de luz, concluimos la primera jornada. Estábamos realmente muy cansados, pero con mucho ánimo debido a que nuestro primer vivac sería en el Gran Hotel después de una extensa jornada de unas 18 horas.
 
Mientras disfrutábamos del anochecer y de una panorámica sublime, a unos 500 metros del suelo, nos sentimos privilegiados por el simple hecho de estar ahí, donde son muy pocos los que han estado antes. El agotamiento se mezcla con una cuota de satisfacción y plenitud, aunque resulta ineludible pensar que esto está recién comenzando.
 
A la mañana siguiente, nos alistamos para comenzar los 600 metros de largo del legendario Diedro di Marco, la misma zona donde en 1986 Marco Sterni, a sus 21 años, escaló el primer largo de off width (fisura fuera del ancho). En aquel entonces, Sterni hizo un agujero en la roca para instalar un perno y una chapa que siguen ahí. Podrán imaginar mi mente al pasar por ese sitio y asegurar mi cuerda por ese importantísimo bolt. Si bien el experimentado montañista argentino Rolando Garibotti nos había recalcado que ya no existía, nos sorprendió darnos cuenta que el bolt seguía estoico pese al inexorable paso del tiempo.
 
Puse toda mi energía en liderar los largos más hermosos de mi vida por una fractura que divide la montaña por la mitad, un lugar mágico que parece que estuviera pensado como para ser escalado. Es una fisura de no más de 40 centímetros de ancho, donde vas empotrando tu cuerpo para continuar el ascenso y donde las protecciones nunca son como uno quisiera, lo que obliga a arriesgar con escalar free solo o alejando los seguros.
 
 
 
 
Llegado cierto punto, nos perdimos un poco en esta increíble montaña cuando ya se acercaba la noche. Temimos hacer vivac en un sitio no muy confortable, pero escuchamos voces y gritos un poco más arriba de nuestras cabezas. Miramos hacia el cielo y vimos que tres amigos escaladores chilenos nos animaban a continuar hasta el segundo vivac. Una vez allí, cenamos con el Cerro Torre en el horizonte, decorado con incontables estrellas como telón de fondo.
 
Al tercer día, continuamos con el ascenso escalando secciones fáciles y mixtas por unos 250 metros hasta que ya al mediodía pisamos la cumbre del Fitz Roy, que en aquel momento estaba adornada por la bruma. La cima ya era visitada por otra cordada que nos esperaba con los brazos abiertos. Pronto la emoción de un sueño cumplido se mezcló con los abrazos, sonrisas y fotografias. Fue un instante inolvidable para respirar y observar el sobrecogedor paisaje que rodea a este gigante de la Patagonia.
 
Tras un par de horas en la cima, emprendimos el viaje de vuelta, bajando por los empinados rapeles de la vía Franco-Argentina. Algunos incidentes nos obligaron a estar atentos, recordándonos que recién llevábamos un poco más de la mitad de la expedición y que no debíamos bajar la guardia todavía. Al volver a tocar el suelo, lanzamos casi al unísono un grito festivo para celebrar nuestro retorno a tierra.
 
Avanzando en la noche y rastreando huellas, llegamos al Paso Superior poco antes del amanecer. Mientras nos instalábamos para armar un nuevo campamento, nos enteramos del fallecimiento del escalador argentino Iñaki Coussirat, quien recibió el impacto de un desprendimiento de roca mientras ascendía por la cara este del Fitz Roy. Por momentos hasta pensamos en ir en búsqueda del cuerpo de nuestro amigo, pero la cruda realidad nos hizo darnos cuenta que no estábamos en condiciones para hacerlo y que tenían que ser otros los encargados de aquella triste pero heroica tarea.
 
Al final, casi en una suerte de trance, regresamos a la civilización con sentimientos encontrados. El éxtasis producto de la coronación de un antiguo anhelo contrastaba con un incontrarrestable dejo de desconsuelo y frustración, en una expedición que indefectiblemente quedará marcada a fuego en nuestra memoria. 
 
 
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