Horqueta: esquiando los gigantes de los Andes

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Por Shanie Matthews
 
Nota del Editor: Lo siguiente es de la Edición 4.    
 
El relincho agudo dispersó a los cabritos. Mi caballo tiró de sus riendas mascando su bocado. Impacientemente rascaba la tierra con su pezuña. La ansiedad parecía ser algo que mi caballo y yo teníamos en común. Ambos estábamos entusiasmados por comenzar el viaje del día. ¿Estaba su estómago, al igual que el mío, revolviéndose de júbilo por el próximo viaje? Probablemente no. Éste es su patio trasero. Estoy lista para pasear tranquilamente a caballo por la ladera de una montaña azotada por los vientos, para esquiar una empinada pendiente fuera de pista.
 
Estoy en Argentina. Inicialmente llegué a esta remota parte del mundo para esquiar descensos alucinantes y de alta adrenalina para mi luna de miel con Jaime, quien era mi esposo. Este maravilloso país está lleno de bebedores de mate y amantes del fútbol, gente apasionada que robó mi corazón. Los acogedores lugareños y las montañas más altas, después de los Himalaya, me llamaban continuamente, atrayéndome para que regresara muchas veces. Pero por una u otra razón, los diferentes viajes que había realizado hasta acá en el pasado resultaron en un perfecto descenso andino que continuamente escapaba de mi alcance.
 
La magnífica Horqueta me miraba, tentándome con su gloria por mucho tiempo. Horqueta es una de esas cimas que grita “hola” a todos los esquiadores apasionados por terreno no tocado. Consiste en una serie de pendientes perfectas, con forma de reloj de arena, que están ominosamente presentes para los visitantes en camino a la afamada zona de esquí Las Leñas. La elevada presencia de Horqueta crece desde las frondosas llanuras planas del alto desierto argentino, hasta una montaña con cumbres superiores a los 1.800 metros de altura. Horqueta significa cola de ballena. Pero en realidad, su parecido es más cercano a su significado más amplio: el borde de una tanga de una mujer joven que generalmente sobresale de un par de jeans apretados de tiro bajo. En realidad, su parecido es más cercano a su significado amplio que al mamífero. Esta montaña tiene tres bajadas, la más directa es la del medio. De entrada empinada, la cima con forma de embudo se transforma en una cintura estrecha, que recuerda a una modelo anoréxica. La pista zigzaguea un poco, danzando levemente alrededor de enormes rocas. Más allá de la falla, la pendiente se aprieta un poco, tal vez tres o cuatro esquíes de ancho, pero luego se abre en una bella y amplia plataforma. Remata con un valle largo, ondulado, tallado en un glaciar. Es hermosa.
 
Este es el tipo de pistas de esquí de travesía, a la que se accede a pie, con la que esquiadores y snowboarders sueñan. Eso sí, el camino de seis a ocho horas es un poco intimidante y las condiciones tienen que ser perfectas (Horqueta también es un camino principal para avalanchas). Dicho esto, esperábamos pacientemente la hora para lanzarnos.
 
 
 
 
La oportunidad
Finalmente, el momento había llegado. Fue al final de una temporada abundante. Los dioses de la nieve habían enviado un potente conjunto de tormentas que habían dejado una alfombra de nieve suave. Sin embargo, había un pequeño problema: el nivel de la nieve había serpenteado por la ladera de la montaña, haciendo que nuestro acercamiento fuera más laborioso de lo deseado.
 
Así que aquí estaba colgando casi un metro y medio sobre el suelo en un caballo poderoso que literalmente estaba loco por irse. La última vez que monté un caballo fue cuando tenía siete años. El corcel en el que estaba pisó un nido de abejas, molestando a varios de los insectos zumbeantes. Inmediatamente buscaron a alguien con quien descargar su frustración, y yo fui la víctima escogida. Volví a casa con más de 20 picaduras. Por decir lo menos, mi experiencia con caballos fue limitada desde entonces.
 
“Okay. Listo. Necesitamos a los caballos de vuelta al anochecer”, nos dijo Eduardo, el dueño de los caballos a Jaime y a mí. Ambos nos miramos sin creerlo. ¿No iba a entregar dos bellos caballos a nosotros? A caso no sabía que estas criaturas nos llevarían en un viaje salvaje y que ellos tendrían el control completo, porque no teníamos ni la menor idea de cómo manejar a estos animales. Más allá de lo visto en películas, claro.
 
“No, no espera. No sabemos mucho sobre caballos. ¿Podrías guiarnos por el camino hasta la nieve Así tú puedes traer de vuelta a los caballos. Nosotros regresamos a pie”.
 
“Aaaaah. Sí, sí, no problema”.
 
 
 
 
Con ese problema de comunicación aclarado, nos montamos en los corceles. Con mochilas puestas, bastones amarrados, las piernas medio abiertas sentados a horcajadas en el gran animal y con los esquíes en nuestras piernas y sillas de montar, estábamos listos para partir. Eduardo se sentó elocuentemente en su purasangre, espalda derecha, postura relajada y una leve sonrisa que decoraba su rostro bronceado. “Vamos. Let’s go”, gritó.
 
El terreno comenzó suave, pero rápidamente se convirtió en colinas con drenajes empinados. Había piscinas naturales en los puntos bajos, ofreciendo sustento a flores silvestres. Liebres, conejos salvajes del tamaño de perros pequeños, correteaban hasta su próximo escondite mientras los sacábamos con un susto de arbustos espinosos.
 
A medida que aumentaba la altura, este gigante de los Andes se transformó en un monstruo imponente de roca negra y nieve brillante. Tres pastizales de pasto nuevo se transformaban, poco a poco, en puntos blancos que crecían suavemente en condensados campos de cristales de agua congelada. Eduardo volvió su misión personal llevarnos tan alto en la montaña como pudiera. Pero, como si alguien hubiese apretado un interruptor, los caballos no pudieron ir más lejos. Su peso más el nuestro los hacía hundirse en el suelo semisólido de nieve condensada. Pronto estuvieron enterrados hasta sus huesudas rodillas.
 
Desmontamos los caballos y le dijimos adiós a Eduardo. El nos hizo un  y elegantemente giró, guiando fácilmente a nuestros carros de regreso. Sabiendo que podíamos dejar atrás el peso extra, cambiamos nuestras botas de montañas y nos pusimos las de esquí.
 
Pasamos las pieles de foca a las bases de los esquíes, uniéndolas a las fijaciones, y comenzamos nuestro ascenso para conquistar los 1.300 metros de altura que faltaban para la cima de la elusiva pendiente.
 
El ascenso fue perfecto. La madre naturaleza es realmente una esquiadora de travesía. O al menos lo era cuando creó los Andes. La ruta comenzó como un suave campo de nueve del tamaño de un estadio de futbol. El nivel del suelo lentamente dio paso a colinas que se comenzaba a abrir en un ángulo bajo de nieve, rodeada por fosilizados pisos marinos de antaño. Cuando alcanzamos la cumbre el viento nos susurraba, besando nuestros cuellos. Al norte estaba el Cerro Sosneado, la cumbre de 5 mil metros más al sur del mundo y el misterioso lugar de la infame historia de “Viven”, en la que un equipo uruguayo de rugby sobrevivió  72 días en los Andes luego de un accidente aéreo, debiendo recurrir incluso al canibalismo.
 
 
 
Cada paso tenía que ser calculado y nuestro lugar de entrada aún necesitaba ser seguro. Pasamos por las pequeñas pendientes vecinas hasta la cola de la madre ballena. Mis piernas adoloridas, después de seis horas de escalar las montañas, estaban listas para abandonar y esquiar la pista frente a mí. Pero aún no era tiempo. Sólo un poco más y la meta sería alcanzada.
 
Cuando finalmente llegamos al precipicio, el inicio de nuestra bajada largamente anhelada, la vista y el momento trajo aún más mariposas a mi estomago. La pendiente era exactamente lo que habíamos esperado. Brillaba con un millón de pequeños arcoíris. La nieve perfecta era suave como el trasero de un bebe. Este descenso sería algo especial. Y luego el sonido más extraño me sacó de mi sueño. El silbido del viento combinado con el aleteo de unas plumas. Miré hacia arriba para ver a un cóndor gigante, a un brazo de distancia de mí. La envergadura de sus alas, de más de 3 metros, hacía sombra sobre mi minúscula apariencia.
 
Mientras el brillo del sol se iba de mi cara a causa de este prehistórico animal volador, me pasó por la cabeza: aunque esta jornada estaba motivada por mi pasión por montañas empinadas con nieve perfecta, este día había sido espectacular de muchas otras formas. Una sesión de unión con un caballo que me había traído hasta el borde de la nieve; una escalada perfecta, conjurada para nosotros por la misma Madre Naturaleza; y la ominosa presencia de unos de las aves más magníficas del planeta, que ahora volaba sobre mi cabeza. ¿Qué más podría esperar de un día de esquí en una zona rural? Supongo que habría una sola cosa más: la sensación de la nieve suave pasando velozmente bajo mis esquíes.
 
Al parecer, no me voy a decepcionar.
 
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