En memoria: Elisa Corcuera 1973-2017

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Por David Tecklin

Nota del Editor: La siguiente es la versión completa de un artículo de la 
Edición 15.
 
El movimiento para proteger la naturaleza en tierras privadas chilenas se ha extendido y sigue creciendo. Cientos de proyectos conservacionistas privados están en marcha. Esto incluye la creación no solo de parques a través del monumental acuerdo entre Tompkins Conservation y el gobierno chileno, sino también de áreas emblemáticas tales como la reserva costera Valdiviana, el parque Andino Juncal, el parque Karukinka, y Huilo Huilo. La madurez de este movimiento de conservación de tierras se debe en gran parte al trabajo de la conservacionista y educadora medioambiental Elisa Corcuera, quien falleció el 14 de julio a sus cuarenta y cuatro años.
 
Actualmente, el conservacionismo en Chile cuenta con un apoyo público amplio, aunque impreciso, y aquellos que trabajamos en el área ya no nos sentimos tan al margen de la sociedad y la política como hace apenas 10 o 20 años. Elisa estuvo allí desde el principio. Durante su época universitaria ayudó a crear la reserva Ahuenco para proteger las tierras adyacentes al Parque Nacional Chiloé, lo que sigue siendo el ejemplo más destacado del particular enfoque chileno a la protección colectiva de tierras, conocido como la “comunidad conservacionista”. Elisa se graduó de periodista en la Universidad Católica de Chile y luego cursó una maestría en planeamiento medioambiental en la Universidad Estatal de Arizona en Estados Unidos. Luego de su regreso a Chile en 1999 comenzó a trabajar de forma independiente como planificadora conservacionista.
 
Ese año conocí a Elisa. Ella estaba trabajando en una propuesta de zonificación conservacionista para el valle de Cochamó. Como ambos éramos conservacionistas y apasionados por la naturaleza salvaje, nuestras vidas se cruzaron regularmente en las siguientes dos décadas. En aquel entonces, Cochamó era un poco conocido valle de montaña en el sur de Chile; todavía no se había convertido en un imán para escaladores y senderistas de todo el mundo. La propuesta de Elisa orientó a una serie de grupos ciudadanos que surgieron con el fin de proteger el valle y manejar su creciente número de visitantes. Aunque Cochamó aún carece de protección formal, tiene ahora un aura “de parque” que ha ayudado a sus defensores a prevenir las típicas amenazas a los valles de los ríos chilenos: los proyectos hidroeléctricos, las carreteras y la tala de bosques para el desarrollo.
 
La conservación de tierras privadas comenzó a tener éxito a mediados de los años 90 con el retorno de la democracia a Chile. Sin embargo, el movimiento carecía de una identidad clara. Había muchas preguntas. ¿Era esto un asunto de Derecha o de Izquierda? ¿Sería algo filantrópico o con fines de lucro? ¿Era relevante para las comunidades rurales y los pequeños terratenientes o solo para las élites? ¿Debería ser guiado por ONG técnicas o por innovadores locales? Pero Elisa no se preocupaba demasiado por las dudas y divisiones. Su madre dice que tenía una “buena ingenuidad”, un empuje para seguir adelante sin dejarse atascar por los desafíos venideros. Su carisma y su capacidad de mirar a futuro y ver las posibilidades unió a innumerables individuos; su encanto y su sonrisa eran legendarios.
 
 
                    
 
 
En el 2000, un grupo de nosotros trabajó con Elisa para organizar el primer Congreso Chileno de Conservación en Tierras Privadas, que se celebró el 2001. Poco después, al enfrentarnos a la pérdida de los últimos grandes trechos de bosques lluviosos en la sierra del litoral de la región de Los Ríos en Chile, WWF y The Nature Conservancy unieron fuerzas para adquirir zonas centrales protegidas en el área. Como consultora, Elisa elaboró el primer mapa y clasificó las parcelas para la adquisición de lo que se convertiría, en el 2003, en la reserva costera Valdiviana. Vivió en el lugar por varios meses junto a su novio, explorando, mapeando la nueva reserva y estableciendo muchos de los senderos y las áreas de uso público.
 
Esta racha exploratoria continuó por varios años en los que Elisa hizo excursiones y redescubrió senderos por todas partes. Fue un estallido de exploración que ni siquiera pudo ser aminorado por un diagnóstico de cáncer de mama en 2007. Lo digo literalmente. En un paseo de varios días en el valle Ventisquero, apenas una semana después de uno de sus tratamientos de quimioterapia, recuerdo mi esfuerzo al tratar de mantener su paso. Durante su vida profesional visitó más proyectos de conservación en tierras privadas que cualquier otra persona en Chile. Solo bastaba una invitación, y enseguida buscaba su mochila.
 
El 2008, Elisa asumió un papel de liderazgo en la iniciativa de organizar a los dueños de tierras protegidas con el apoyo de GEF, WWF, The Nature Conservancy y otros, lo que condujo a la creación de Así Conserva Chile, una organización diversa y activa que reunía a comunidades indígenas y a grandes terratenientes. Elisa dirigió la organización hasta el 2013 y continuó activa hasta casi el final. Mientras tanto, contribuyó con el importante logro legislativo que fue la aprobación en 2015 del Derecho Real de Conservación, una nueva herramienta para la protección legal de tierras privadas.
 
Su enfermedad la llevó a enfocarse en el proyecto de conservación de su familia, el Parque Katapali, cerca de Puerto Montt. Elisa se desempeñó como embajadora y promotora del proyecto, vinculando al parque con las miles de personas que lo han visitado durante cursos en terreno o visitas de escuelas. Junto a su madre, Ana Vliegenthart –quien con frecuencia es llamada la madre de la educación medioambiental en Chile–, y su padre, Luis Corcuera –un exitoso profesor de fisiología vegetal–, lograron convertir un simple lugar de retiro familiar en un exitoso y autofinanciado centro de educación e investigación.
 
Al igual que el valle de Cochamó, Katalapi ha logrado alcanzar un verdadero nivel “de parque”, a pesar de carecer de reconocimiento legal o de un significativo apoyo gubernamental. Al igual que muchos otros lugares tocados por Elisa, puedes sentir allí un gran afecto por la tierra y por los esfuerzos de los individuos que buscan conservarla, y todo continúa avanzando sin importar los desafíos del futuro. 

 
El autor, David Tecklin, es investigador asociado de la Universidad Austral de Chile y asesor senior de Pew Charitable Trusts.

 

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