Piedra virgen: Viaje hacia El Hermano

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Por Niels Tietze
 
Nota del Editor: Estamos publicando en línea este artículo de la Edición 7 en memoria de Niels Tietze, que falleció hace unos días en un accidente de escalada en el Parque Nacional Yosemite.
 
El Santo Grial de la escalada en roca, la Kaaba a donde dirigir las plegarias, sería una hermosa nueva ruta en una gigantesca y difícil montaña virgen. Para un montañero sería algo así como ganar la Copa del Mundo. Con recursos naturales mucho más allá de su famoso cobre, Chile es uno de los últimos lugares en el mundo donde todavía hay abundancia de Piedra Virgen. El conocido Valle de Cochamó en la Patagonia chilena es sólo un reflejo del enorme tesoro que les espera a aquellos escaladores y excursionistas que están dispuestos a buscar más allá.
 
Doug Tompkins bien sabe esto. Poniendo bajo protección las tierras salvajes de la Patagonia hectárea tras hectárea, el renombrado y controversial conservacionista se ha echado al bolsillo buena parte de este tesoro. Volando en su Cessna monomotor tiene acceso casi ilimitado a las remotas tierras que son custodiadas por una fortaleza de quila –una especie local similar al bambú-, barro y sanguijuelas. Quizá en un gesto que podría ser la versión montañera del mito de la creación, le regaló la foto de un secreto monolito a nuestro amigo, el fallecido y gran periodista Mike Ybarra, con el mensaje implícito, “Ve hacia el sur, joven hombre”.
 
Hoy en día, palabras como explorer, viajero, trotamundos y aventurero probablemente se refieren más a algún monstruoso vehículo todoterreno “urbano” de elite, encerado y reluciente, que a su original y honesto homónimo. Y a pesar de que estamos rodeados por un mundo lleno de eufemismos y castrado a la medida del consumismo, muchos escaladores y curiosos sedientos de aventura, tras morder la manzana, aún tienen hambre por lo desconocido e incierto. Cuando recibí la oferta con esa imagen que presagiaba ser la pared de granito que hizo sonreír a la Mona Lisa, supe inmediatamente que no tendría la voluntad para resistirme.
 
Bendecido con una espalda fuerte y una mente débil, fui seleccionado para unirme a un equipo que en los últimos tres años había sido desarticulado por la tragedia. Dos de los miembros originales habían fallecido en lo alto de las montañas y el último integrante había sufrido una fractura de 90 grados de tibia y peroné evitando por poco al verdugo de la montaña. “De preferencia huérfanos, muerte probable”. No recuerdo estas omnipresentes señales de advertencia cuando me recluté en esta vida. Ignorando las supersticiones y tras llorar hasta la última lágrima, ya era hora de tener mejor suerte y una esperanza de redención. Pero tendríamos que trabajar duro.
 
Expedición hacia El Hermano
Nosotros llamamos nuestro destino como “El Hermano”, debido a que pareciera ser el hermano sureño de El Capitán del Parque Nacional Yosemite, en Estados Unidos. Mis preparativos para esta expedición de escalada en roca en las cercanías del río Correntoso en la provincia de Palena, Chile, involucraron adquirir un traje de goma amarillo, botas de goma resistentes a la quila, un paraguas, bolsas de basura altamente resistentes, un ejército de bolsas secas, 16 pares de calcetines, un kit completo para evitar necrosis en el pie, un whiskey de emergencia y, por supuesto, dos obras completas de Shakespeare. Con un Hamlet caprichoso sosteniendo mi mano, me dirigí hacia la pesadilla empapada que la escalada en la Patagonia norte prometía ser. Sí, adivinaron. Vimos exactamente tres gotas.
 
La distancia es una cosa curiosa cuando uno se mueve a través de selva virgen. Más allá de los alegres cuchicheos de mis dos encantadoras compañeras de equipo, Libby Sauter y Althea Rogers, también comencé a oír otros compañeros en mi cabeza. Mis “Johneses” favoritos: Johnny Cash y John Lennon. Habían comenzado a susurrar sus líneas en mi oído mientras los días pasaban: “Sweat baby sweat, only two more swings” (suda baby suda, sólo dos balanceos más) y “Booooyy, You’re gonna carry that load, carry that load...” (Chico, vas a cargar esa carga, cargar esa carga). Estas son las partes que faltan en las fotos de la mayoría de las revistas. La profunda soledad de la selva trae voces desde el interior de tu propia mente. Uno tras otro mi mano asestaba golpes de machete que retumban en mi adolorido túnel carpiano. Uno se salva por poco del empalamiento en una quila transformada en trampas del Vietcong. Los kilómetros van quedando atrás. Infinitas paredes de quila convertidas en incisivos verticales marcan nuestro lento progreso por la densa vegetación del valle donde yace nuestro grial granítico. Diez días han pasado desde que fuimos dejados en la boca del río Correntoso por nuestro barquero Jaime.
 
 
 
 
Así como los glaciares eventualmente llegan hasta el mar y las gotas de lluvia a la tierra, inevitablemente las cortinas de quila se abrieron ante nosotros para revelarnos el granito de nuestra devoción. Un blanco acantilado de unos 1.400 metros altura que nos era familiar gracias a las fotos que tanto habíamos mirado durante los últimos años. ¡Hurra! ¡Hurra!, pero dejando la celebración de lado, ¿ahora qué?
 
¿Qué diablos estoy haciendo aquí? Esa fue la pregunta que me hice tres días más tarde mientras era picado por los tábanos durante los largos instantes que permanecí fuera de la vista de mi cordada, al tiempo que excavaba con mis dedos profundamente en la capa de musgo que cubría todos los rincones escalables de las fisuras que surcaban la pared. La rabia daba paso al miedo mientras trataba de hacer escalones cuasi sólidos en la baba barrosa y vertical que se hacía llamar vegetación. Clavos metidos a martillazos burlonamente saltaban fuera de las fisuras. Pequeños riachuelos verdes corrían por mis dedos y cubrían la goma de mis zapatos garantizando que cada centímetro se ganara a costa de sudor frío y esfínteres apretados.
 
El día llega a su fin y todavía estamos lejos de donde queríamos estar. Pero como los valientes escaladores de montaña que somos, con coraje regresamos al campamento. Tras meditar sobre la enorme dificultad a la que nos enfrentábamos, no nos quedó más remedio que abrir el whisky de emergencia. Luego, el informe del tiempo llegó vía teléfono satelital. Tres días. Eso es todo lo que teníamos antes de que el diluvio universal de Noé bautizara nuestra misión para su muerte. Las predicciones afirmaban que 40 milímetros de lluvia serían seguidos por 30 más y luego otros 20 durante las próximas semanas. Un trago amargo, ya que eso era una sentencia de muerte para este viaje y, ciertamente, una peligrosa cantidad de lluvia a la que enfrentarse sin un arca.  Nuestra carpa era segura, pero probablemente no flotaría.
 
Cansados, pero decididos, volvimos después de sólo una noche de descanso hasta el punto más alto que habíamos alcanzado y forzamos un par de largos de cuerda más, turnándonos en la jardinería del terror rumbo hacia la tierra prometida de la cumbre. Encontramos una repisa esa noche y nos instalamos para lo que con optimismo se suele llamar “siesta en pendiente”. Al día siguiente, una pesada niebla comenzó a avanzar, pero gradualmente la selva abandonó su dominio sobre la pared y nos encontramos legítimamente escalando en roca. De blanco fantasmal y dura como el acero, la roca de nuestra cumbre de Palena nos susurraba una historia de cómo deben haber sido nuestras rutas favoritas en Yosemite hace unos 50 o 60 años.
 
Hay una verdad que a pocos escaladores les gusta admitir: la escalada es un poco lenta y aburrida. Pero a diferencia de lo que ocurre en un discurso político, nosotros eventualmente llegamos a la meta. Alcanzamos la cumbre. Más allá de lo que alcanza la vista, las aristas glaciares de granito patagónico se extendían cuajadas de verde. Escondida bajo las rocas de la cumbre encontramos ceniza del volcán Chaitén, cuya erupción hace seis años casi destruyó la ciudad homónima. La imagen del volcán Corcovado brota a través de las gruesas nubes que cubren las aguas hacia el oeste. Se necesitaron dos días repelando para regresar a la base, pero más allá de las pocas gotas de preocupación que llegaron en forma de llovizna en el segundo día, logramos descender sin ningún contratiempo. Terra firme. Seguridad. Éxito. Agotamiento.
 
Sin embargo, no fue la sensación del triunfo de una primera ascensión o la de una misión cumplida la que se quedó conmigo al mirar atrás. Mucho más intensamente permaneció el misterio de caminar en una tierra virgen, rara vez tocada por humanos. La misma sensación de abrir senda en tierra virgen que se ha vuelto cada vez más escasa en este mundo.
 
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