Buceando en un mundo de mármol

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Foto: Sergio MassaroFoto: Sergio Massaro
 
 
Por Marcos Ponce
 
Con el correr de los años, las Catedrales de Mármol del lago General Carrera se han transformado en una parada obligada para quienes recorren la Carretera Austral. Ya sea en embarcaciones a motor, en kayak o stand up paddle, abundan las postales de turistas de diversas nacionalidades rodeando estas extrañas formaciones que emergen desde las eléctricas y destellantes aguas del segundo lago más grande de América del Sur.
 
Pero nuestra idea era cambiar de perspectiva, y con eso en mente viajamos casi 800 kilómetros desde Esquel, en la provincia de Chubut en Argentina, para bucear en medio de los recovecos, cavidades y túneles de mármol que se encuentran a pocos minutos de distancia de Puerto Río Tranquilo, en la región chilena de Aysén.
 
Desde el principio fue como ingresar a un mundo totalmente desconocido: la información sobre buceo en el lugar era prácticamente inexistente. Sólo existía en la memoria local el recuerdo de un grupo de buzos que se encargó de prestar servicios de seguridad en las aguas del lago para la grabación de un corto publicitario de una conocida bebida energética. Eso acrecentó nuestro entusiasmo, conscientes que en cierta forma podríamos ser los pioneros.
 
Desde nuestra cálida cabaña de madera a orillas del General Carrera dejábamos fluir libremente nuestra imaginación mientras observábamos el lago a la distancia, tratando de proyectar con qué nos encontraríamos al día siguiente en aguas de notable claridad, que nos auguraban una visibilidad de no menos de 20 metros. Ya contábamos con la autorización de la Capitanía de Puerto y habíamos contratado la embarcación que nos llevaría a las Catedrales al día siguiente, por lo que aguardamos, impacientemente, como niños, el paso de las horas, con las aguas agitándose y brillando en el horizonte.
 
 
Foto: Sergio MassaroFoto: Sergio Massaro
 
 
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Bajo el agua
Un sol radiante y cálido nos despertó anticipando una excelente jornada de inmersión, con muy buena luz. Al acercarnos por primera vez a los islotes que conforman las ya famosas Catedrales, el escenario resultó conmovedor y pronto nuestra vista comenzó a perderse en las profundidades del lago en busca del inicio del blanco mármol que aflora, esculpido por los elementos, hacia la superficie. La formación de estas cavernas es un fenómeno post glacial, generado por la disolución diferencial del mármol. Sin embargo, esta roca pacientemente labrada tiene un pasado lejano que se remonta al Paleozoico superior.
 
El paso de la superficie al ingrávido mundo acuático nos deparaba muchas sorpresas, con un paisaje pocas veces visto en inmersiones en lagos o mar abierto. Alcanzamos una profundidad máxima de 18 metros, donde el lago ya comenzaba a presentar características propias de los lagos del sur y las formaciones de mármol se volvían cada vez más esporádicas. Las áreas más espectaculares rondaron siempre entre los 3 y 6 metros de profundidad.
 
Si bien son conocidas como Catedrales de Mármol, lo cierto es que los lugareños las diferencian según su tamaño como la Catedral, la Capilla y las Cuevas. Al tratarse de formaciones minerales de carbonato de calcio, el viento, el agua y las temperaturas actúan como artesanos para modelar la roca caliza a su antojo, y bajo el agua es posible hallar desde texturas que cuentan con pequeñas hendiduras que le dan a la superficie un carácter rugoso, hasta zonas en que la suavidad del mármol es comparable al producido por la mejor pulidora industrial.
 
 
Foto: Sergio MassaroFoto: Sergio Massaro
 
 
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Un paraíso para los amantes de la evolución de la Tierra, el blanco mármol, de diversas tonalidades albas, domina casi sin contrapeso, a ratos adquiriendo coloraciones más oscuras y mostrando incluso cortes de láminas de piedra incrustadas.
 
Dada la textura del material, en este entorno la vegetación acuática es escasa, recobrando a los 15 o 18 metros de profundidad las características a la que los lagos patagónicos nos tienen acostumbrados. A partir de esas profundidades se empieza a notar la presencia de limo y otros tipos de roca, y también algunas especies de plantas lacustres.
 
Al segundo día, y ya habiendo aplacado la ansiedad inicial, continuamos con nuestra exploración acuática en otros sectores. El buceo fue igual de placentero, alcanzando una profundidad máxima de 15 metros. El mármol, como un resplandeciente marfil que brilla con luz propia, seguía atrayéndonos como un imán. Con todo, queda la sensación de recién haber abierto un escenario que todavía tiene mucho por ofrecer; bajo la superficie del agua y de los islotes de caliza se esconde todo un mundo cautivante que espera por ser descubierto.
 
 
 

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