Necesitamos agricultura basada en la biodiversidad para resolver la crisis climática

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Desde el aire se observa el pastar de los animales en engorda, las praderas cultivadas y la tierra arada. Camino Puerto Aysén Coyhaique. Foto: Jorge BorquezDesde el aire se observa el pastar de los animales en engorda, las praderas cultivadas y la tierra arada. Camino Puerto Aysén Coyhaique. Foto: Jorge Borquez
 
Este artículo apareció originalmente en Truthout. Es republicado aquí como parte de como parte de la alianza de Patagon Journal con Covering Climate Now, una colaboración global de más de 350 medios para fortalecer la cobertura periodística sobre la crisis climática.
  
Por Vandana Shiva
Traducción por Caterinna del Rio Giovannini
 
La tierra vive y también crea vida. En alrededor de 4 mil millones de años la Tierra ha desarrollado una rica biodiversidad, una abundancia de diferentes organismos vivientes y ecosistemas, que pueden suplir todas nuestras necesidades y sustentar la vida.
 
A través de la biodiversidad y las funciones vivas de la biosfera, la Tierra regula la temperatura y el clima, y ha creado las condiciones para que nuestras especies evolucionen. Esto es lo el científico de la NASA, James Lovelock, encontró trabajando con Lynn Margulis, quien se encontraba estudiando los procesos por los cuales organismos vivos producen y remueven gases de la atmósfera. La Tierra es un organismo que se autorregula, y la vida en la Tierra crea las condiciones para que la vida se mantenga y evolucione.
 
La Hipótesis de Gaia, nacida en los ‘70, fue un despertar científico para la Tierra viviente. La Tierra fosilizó algo de carbono vivo y lo transformó en carbono muerto, almacenándolo bajo tierra. Ahí es donde debimos haberlo dejado.
 
Todo el carbón, el petróleo y el gas natural que estamos quemando y extrayendo para hacer funcionar nuestra economía contemporánea basada en petróleo, se formó hace más de 600 millones de años. Anualmente estamos quemando millones de años de trabajo de la naturaleza. Es por eso que el ciclo del carbono está roto.
 
Unos pocos años de civilizaciones basadas en combustibles fósiles han puesto nuestra propia supervivencia bajo amenaza al romper el ciclo del carbono de la Tierra, perturbando sistemas climáticos clave y su capacidad autorreguladora, llevando diversas especies a la extinción a un ritmo 1.000 veces mayor que el normal. La conexión entre biodiversidad y cambio climático es íntima.
 
La extinción es una certeza si continuamos un poco más allá por el camino de los fósiles. La Tierra tiene apenas 300.000 especies de plantas comestibles, pero la comunidad global contemporánea come solo 200 de ellas. Y, según el New Scientist, “la mitad de nuestras proteínas y calorías de fuente vegetal vienen de sólo tres: maíz, arroz, y trigo”. Mientras que solo el 10% de la soya que se cultiva, se utiliza como comida para humanos. El resto se destina a producir biocombustibles y alimento para animales.
 
Nuestro sistema de agricultura no es principalmente un sistema alimentario, es un sistema industrial, y no es sostenible.
 
La selva Amazónica alberga al 10% de la biodiversidad de la Tierra. Ahora, bosques con mucha riqueza biológica están siendo incendiados para la expansión de plantaciones de soya transgénica.
 
El reporte más reciente sobre tierra y clima del Panel Intergubernamental por el Cambio Climático (IPCC), destaca como el problema del clima empieza con lo que hacemos en la tierra.
 
Repetidamente se nos ha dicho que los monocultivos con uso intensivo de insumos como  fertilizantes sintéticos, pesticidas y herbicidas son necesarios para alimentar al mundo.
 
Usando el 75% del total de la tierra que se usa para cultivar, la agricultura industrial basada en el uso combustibles fósiles y monocultivos y de uso intensivo de químicos, produce solo el 30% de la comida que consumimos, mientras que granjas pequeñas y biodiversas, usando el 25% de la tierra, proveen el 70% de la comida. La agricultura industrial es responsable por el 75% de la destrucción del suelo, el agua y la biodiversidad del planeta. A este ritmo, si la porción de agricultura industrial basada en combustibles fósiles y comida industrial en nuestras dietas aumenta a 40%, tendríamos un planeta muerto. No habria vida, ni comida, en un planeta muerto.
 
Aparte del dióxido de carbono emitido directamente por el uso de combustibles fósiles en la agricultura, óxido nitroso es emitido por los fertilizantes nitrogenados a base de combustibles fósiles, y metano es emitido por  granjas industriales y desechos de alimentos.
 
La manufactura de fertilizantes sintéticos es de alta intensidad energética. Un kilogramo de de fertilizante de nitrógeno requiere la energía equivalente a 2 litros de diesel. En el año 2000 la energía utilizada durante la fabricación de fertilizantes era equivalente a 191 mil millones de litros de diesel, y se proyecta  que llegue a los 277 mil millones en 2030. Este es un principal contribuyente del cambio climático, aunque ampliamente ignorado. Un kilogramo de fertilizante de fosfato requiere medio litro de diesel.
 
El óxido nitroso es 300 veces más más disruptivo  para el cambio climático que el dióxido de carbono. Los fertilizantes nitrogenados son desestabilizadores del clima, creando zonas muertas en los océanos y desertificando los suelos. En el contexto planetario, la erosión  de la biodiversidad y la transgresión de los límites del nitrógeno son crisis serias, aunque muchas veces pasadas por alto.
 
Por lo tanto, regenerar el planeta a través de procesos ecológicos basados en la biodiversidad se ha vuelto imperativo para la supervivencia de la especie humana y de todos los seres vivos. Un aspecto central de la transición es el cambio del combustible fósil y carbono muerto a procesos vivos basados en el cultivo y el reciclaje de carbono vivo renovado y cultivado como biodiversidad. 
 
 
Los huertos orgánicos del Parque Nacional Patagonia. Foto: Tompkins ConservationLos huertos orgánicos del Parque Nacional Patagonia. Foto: Tompkins Conservation
 
 
La agricultura orgánica (trabajar con la naturaleza) captura el exceso de carbón de la atmósfera, de donde no pertenece, y lo vuelve a poner en el suelo, donde pertenece, a través de la fotosíntesis. También aumenta la capacidad de retención de agua de la tierra, contribuyendo a la resiliencia en tiempos de mayor frecuencia de sequías, inundaciones y otros extremos climáticos. La agricultura orgánica tiene el potencial de secuestrar 52 gigatones de dióxido de carbono, lo equivalente a la cantidad que debe ser removida de la atmósfera para mantener el carbono atmosférico por debajo de las 350 partes por millón, y el aumento de la temperatura promedio en 2 grados centígrados. Podemos cerrar la brecha de emisiones a través de agricultura ecológica alta en biodiversidad, trabajando con la naturaleza.
 
Y Mientras más biodiversidad y biomasa hagamos crecer, más las plantas capturarán el carbono y nitrógeno atmosférico, y reducirán tanto las emisiones como el stock de contaminantes en el aire. El carbono es devuelto al suelo a través de las plantas.
 
Cuanta más  biodiversidad y biomasa hagamos crecer en bosques y granjas, más materia orgánica será devuelta al suelo, invirtiendo así la tendencia hacia la desertificación, lo que ya ha provocado  el desplazamiento y el desarraigo de personas y la creación de refugiados en el África Subsahariana y el medio Oriente.
 
La agricultura basada en la biodiversidad, no es sólo una solución climática, es también una solución al hambre. Aproximadamente mil millones de personas tienen hambre permanentemente. Los sistemas altos en biodiversidad, libres de combustibles fósiles y libres de químicos producen más nutrientes por hectárea y podemos alimentar a más personas utilizando menos tierra.
 
Para reparar el ciclo roto de carbono,  debemos recurrir a las semillas, al suelo y al sol para aumentar el carbono que vive en las plantas y en la tierra. Debemos recordar que el carbono vivo da vida, y el carbono muerto de los fósiles está perturbando procesos vivos. Con nuestro cuidado y conciencia podemos aumentar el carbono vivo en el planeta, y aumentar el bienestar de todos. Por otra parte, mientras más explotamos y usamos carbono muerto, más contaminación creamos, y menos tenemos para el futuro. El carbono muerto debe ser dejado bajo tierra. Esta es una obligación ética y un imperativo ecológico.  
 
Es por esto que el término “descarbonización”, que falla en hacer la distinción entre el carbono vivo o muerto, es científica y ecológicamente inapropiado. Si descarbonizamos la economía, no tendríamos plantas, ya que son carbono vivo. No tendríamos vida en la tierra, ya que es creada y sostenida por el carbono vivo. Un planeta descarbonizado sería un planeta muerto. 
  
Debemos re carbonizar el mundo con biodiversidad y carbono vivo. Debemos dejar el carbono muerto en la tierra. Debemos pasar del petróleo al suelo. Debemos movernos de manera urgente desde un sistema a base de combustibles fósiles a una civilización ecológica basada en la biodiversidad. Podemos plantar las semillas de la esperanza, las semillas del futuro.
 
La autora, la Dra. Vandana Shiva, es una filósofa, galardonada activista ambiental y fundadora de la Fundación de Investigación para la Ciencia, la Tecnología y la Ecología en la India.

 

 

 

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