
Por Paulo Urrutia y Cristian Díaz
Urrutia es director ejecutivo de Bestias del Sur Salvaje, y Díaz es coordinador de comunicaciones en Conservamos por Naturaleza.
Nota del editor: Lo siguiente es de la edición 32.
En la orilla de una pequeña playa del Marañón, Don Eduardo Huasman camina entre un grupo internacional de estudiantes y amantes de los ríos. Mientras algunos se preparan para dormir tras un largo día de travesía, él ya lleva un buen rato sentado con su caña en la orilla del río. “Solo tres horitas vengo, a ver si me regala un pescadito”, dice sonriendo, con esa calma que solo da la costumbre de vivir junto al agua. Esa escena nocturna, cálida y serena, marcó el inicio de una aventura que pocos hubieran imaginado: navegar durante ocho días en balsas y kayaks por uno de los grandes afluentes del Amazonas, aprendiendo del río y de quienes lo habitan.
Éramos más de treinta personas de los cinco continentes, con historias tan diversas como los países de donde venían: Australia, Taiwán, Francia, México, Holanda, Botsuana, Chile, Ecuador, Suiza, Bélgica, Estados Unidos y Perú. Todos reunidos para recorrer 145 kilómetros por el río, compartiendo la experiencia con comunidades que conocen el Marañón desde hace generaciones.
Esta exploración improvisada, impregnada de la sabiduría de don Eduardo, sorprendió a todos. “Jamás pensé que iba a compartir con gente de tantos países”, comenta, aún incrédulo al ver la variedad de acentos y rostros junto al fuego. Así, personas sensibles y comprometidas se encontraron con un sueño en común: proteger los grandes ríos de Latinoamérica.
Foto: Jules Domine“El Marañón enfrenta amenazas crecientes: proyectos de represas, minería y derrames petroleros que ponen en riesgo tanto la biodiversidad como la vida de las comunidades ribereñas”.
El aula abierta del Marañón, un río en disputa
El Marañón, principal fuente del Amazonas, nace en los Andes y recorre más de 1.700 kilómetros, conectando la sierra con la selva. A lo largo de su trayecto, serpentea entre montañas, erosiona sedimentos y transporta nutrientes hasta la vasta cuenca amazónica, dando vida a ecosistemas que dependen de su caudal. Entre ellos, destaca el bosque tropical estacionalmente seco, refugio de especies que no existen en ningún otro lugar del mundo. Sin embargo, el Marañón enfrenta amenazas crecientes: proyectos de represas, minería y derrames petroleros que ponen en riesgo tanto la biodiversidad como la vida de las comunidades ribereñas. Si bien la resistencia local ha logrado frenar algunos proyectos, los desafíos no han desaparecido. Hoy, más que nunca, existe una oportunidad crucial para proteger este río y sus paisajes.
Conservamos por Naturaleza, de la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA), lidera la búsqueda de mecanismos técnicos y legales para proteger el Marañón. En los últimos años, han impulsado campañas internacionales, logrado una moción en la UICN y apoyado la declaración judicial de derechos del río, dotando así a las comunidades indígenas de herramientas legales para su defensa. Este contexto permitió que el Students for Rivers Camp (SRC) sirviera como plataforma para conectar ciencia, activismo y saberes ancestrales.
Por primera vez en Latinoamérica, el SRC de The River Collective reunió en el Marañón a estudiantes de distintas disciplinas para pensar juntos estrategias de conservación e inspirar acciones concretas. Impulsado por Vera Knook, el SRC busca crear alianzas y fomentar el diálogo para la conservación. "Es una oportunidad única para ver cómo sumamos diversas estrategias para conservar ríos en la región", dice Vera. Los estudiantes convivieron con expertos, comunidades y el río mismo, transformando la investigación en acción. "No hay nada mejor que sumar experiencias desde distintas miradas apuntando a un solo objetivo: la conservación de nuestros ríos", afirma Carolina Butrich, gerente de Conservamos por Naturaleza.
La travesía cruzó rápidos de clase I a IV, playas inmensas y vestigios de antiguas culturas, convirtiendo al río en un aula viva donde la complejidad ecológica, cultural y legal se hacía tangible en cada remada. Las mañanas comenzaban temprano, con el rumor del agua y el fresco aroma del bosque. Durante el día, la luz jugaba sobre la superficie del río, revelando paisajes que cambiaban a cada kilómetro: cañones angostos, terrazas de piedra, árboles torcidos por el tiempo y el viento. Por la tarde, los campamentos se llenaban de risas, conversaciones en varios idiomas y la música improvisada de quienes encontraban en el encuentro una nueva forma de hogar.
La travesía cruza rápidos de clase I a IV, playas inmensas y vestigios de antiguas culturas. Foto: Jules DomineNavegar la serpiente dorada, un viaje al nacimiento del Amazonas
El Marañón es conocido como “la serpiente dorada”, apodo inspirado en la novela de Ciro Alegría. Sus aguas, cargadas de sedimentos y de memoria, no son para cualquiera. Exigen vulnerabilidad y coraje, así como la disposición de abrazar la incomodidad y la incertidumbre. En el campamento, gestos sencillos se volvían tesoros: limones regalados a quien tosía, mangos compartidos, sonrisas y consejos. Aquí, la riqueza se mide en tiempo y generosidad.
En las orillas, la vida de las comunidades fluye al ritmo del río. Pancho, dirigente de Tupén, fue presionado en numerosas ocasiones para aceptar tratos económicos que pondrían en peligro el Marañón. Su respuesta es breve pero poderosa: “¿Sabes cuánto vale mi vida aquí?” Así, recordaba a todos que el verdadero poder está en el sentido de pertenencia y comunidad, no en el miedo ni en el dinero.
Con el paso de los días, las diferencias se diluyeron. Ya no éramos estudiantes, expertos ni guías: éramos uno solo, unidos por el río y una experiencia de transformación colectiva. Entre momentos de introspección, discusiones técnicas y catarsis emocional, el Marañón sacudió nuestros cuerpos y corazones. Más que un viaje, fue una experiencia que unió caudales personales y colectivos en un mismo torrente.
“¿Qué hicimos de bien para terminar acá?”, se preguntaba Alejandro Calderón, de Chile, mientras el sol caía sobre el campamento. “Mi casa siempre será su casa. Vuelvan, no se pierdan”, nos decían una y otra vez los anfitriones. Al final, todos somos aguas del mismo caudal. La sabiduría ancestral no está perdida: vive en la tierra, el agua y el bosque. El Marañón nos abrió sus aguas y, a veces, nos golpeó con toda su fuerza, sacando a flote emociones profundas. Este río solo transforma a quienes se atreven a navegarlo de verdad.
El río no regaló pescadito, pero sí la certeza de que la esperanza de una nueva humanidad sigue viva en el agua, la tierra y las comunidades. “Gracias por regalarme un pedacito de su amistad”, se despidió Don Eduardo.
Fotos: Victor Ruiz “Ya no éramos estudiantes, expertos ni guías: éramos uno solo, unidos por el río y una experiencia de transformación colectiva”.
Nuevos caudales de transformación para Latinoamérica
El Marañón nos transporta a otra época, donde el tiempo se disuelve en el fluir del río y cada quien camina a su ritmo. Nos recordó que cuidar no es solo proteger un paisaje, sino también las historias y comunidades que fluyen con él.
Impulsado por la experiencia en el Marañón, The River Collective amplía su iniciativa a Latinoamérica. Catorce estudiantes de todo el mundo viajarán a Samaná, en Colombia, para participar en un programa inmersivo enfocado en la protección de este río único.
El Samaná, último río de flujo libre en Antioquia, resiste la presión de represas y desarrollo. Su continuidad es vital para la biodiversidad y las comunidades; protegerlo es una invitación a sumarse al cambio.




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