Reserva Natural Punta Tombo

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"¿Si se encuentra con un pingüino en el camino ¿quién tiene la preferencia?”, consulta la joven guardaparque. Chilenos y argentinos quedamos mudos ante una pregunta que, dado que estamos en una reserva natural, es de respuesta obvia. Pero al parecer no tanto. Una pequeña a mi lado se atreve y con el característico acento porteño (y autosuficiencia también innata) responde luminosa: “el pingüino”. Instintivamente reproduzco mentalmente un hipotético “cooooorresto, mi pequeña sabandija” del profesor Salomón. Pero la exclamación nunca llega. Sólo el viento. El solitario viento de la estepa austral argentina que llega desde el océano.
 
Iniciamos así, un día de diciembre, el recorrido por la Reserva Natural Punta Tombo, en el litoral norte de la Patagonia trasandina. En esta zona de la estepa patagónica, decenas de acantilados y roqueríos caen estrepitosamente sobre el Atlántico y sus ralas planicies son el albergue natural de una numerosa especie marina que, por insondables razones, escogió estos áridos parajes, pocos dados a la lluvia, para pasar gran parte de su existencia. El resto del año retoza en las más cálidas costas de Brasil.
 
A tan sólo 100 kilómetros al sur de Teelew y Rawson, y 170 de Puerto Madryn, Punta Tombo cobija la más alta concentración de pingüinos magallánicos del planeta. Más de 200 mil parejas se aparean en septiembre, en paralelo preparan sus nidos, empollan durante 42 días para entre noviembre y febrero de cada año preparar a sus crías para la vida adulta, proceso que es posible apreciar en vivo (como en un reality de Animal Planet) producto de las especiales instalaciones de la reserva de tan sólo 2 km2. La protección del nido, incubación del huevo y alimentar a los pichones es un trabajo conjunto.
 
Quizás es el suelo blando de la estepa cercano a la costa el que hace posible que estas aves marinas construyan sus nidos. O los achaparrados arbustos de la zampa, el quilembay, el chileno yaoyín, y los hermanos, primos y sobrinos de la familia coirona (poa, pluma, llama, duro), que en tiempos en que el sol no afloja son fundamentales para capear el sol que golpea con alevosía. No se sabe. Lo único claro es que luego de la respuesta de la pequeña sabelotodo es momento de comenzar el recorrido.
 
Con sus 50 centímetros y casi 3 kilos a cuestas, erguidos en dos patas, las aletas a los lados, es imposible no pensar en un ser humano. Hombres o mujeres de andar torpe y vestidos de etiqueta (el imperdible cliché visual), pero humanoides al fin y al cabo.
Junto a unos 15 visitantes, principalmente argentinos, seguimos el sendero de tierra de dos metros de ancho que serpentea entre los matorrales. Los pingüinos están desperdigados por doquier. Por allí uno se refugia del calor en la sombra de un pasamanos, otro recostado en una cueva, un tercer grupo conversando animadamente debajo de una de las dos pasarelas que, más que instaladas para nosotros, pareciera son un paseo techado de los privilegiados dueños de casa.
 
Acostumbrados a estas alturas a la presencia humana, sin ninguna timidez se acercan al turista, pero la guardaparques nos dio las instrucciones de rigor: no tocarlos, no acercarse, no darles comida, tampoco fumar, ni siquiera al aire libre. Sus graznidos llenan el ambiente.
 
Pero en este santuario de pinguinos, ellos no están solos. Les acompañan varias otras especies endémicas de la meseta patagónica litoral, como el Cuis, cuyo aspecto ratonil delata su parentesco con el cuye; martinetas, liebres, zorros, guanacos, culebras mara, ñandúes aparecen a cada momento para llenar el espacio del rectángulo fotográfico. Cada vez que ocurre recordamos la instrucción: “Ellos tienen la preferencia”.
 
Cormoranes, petreles y gaviotines, junto a lobos y elefantes marinos, ballenas franca austral y delfines (conocidos en estos parajes como toninas) completan el inventario de fauna de un área que a primera vista y a ojo de lego no es más que un peladero. Puede ser, pero un peladero lleno de sorpresas. 
 
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