Paz, calma y silencio en Torres del Paine

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En invierno, los paisajes de este ícono de la Patagonia ofrecen tonalidades distintas a la época estival. Patagon Journal se sumó a una excursión en medio de su temporada baja. Lo mejor: Menos visitantes, luz mágica y encuentros fortuitos con su particular fauna silvestre.
 
 
Texto y fotos por Clara Ribera
 
Son las 8:00 horas y la mañana aún está negra. En el furgón voy con tres clientes escoceses, el guía y el conductor. Los párpados todavía se me pegan al pensar en esa cama que he abandonado demasiado temprano, a las 5:30 horas. Siento el estómago removido por las curvas del camino de ripio que hemos recorrido, desde unas cabañas hasta el Hotel Las Torres. No es la mejor combinación para tener los sentidos en alerta.
 
Llegamos al complejo, que en invierno está cerrado. Hay un ambiente fantasmagórico. Ahí, pareciera que a Alasdair, uno de los escoceses, el desayuno le ha hecho mejor que a mí y las horas de sueño le han sido suficientes.
 
¡Un puma!–, grita de repente.
 
Parada en seco, marcha atrás y apertura de puertas. Con mucho sigilo, salimos de la van. Y ahí está la bestia. Detenida. Nos miramos mutuamente. Silencio. Está tan oscuro que sólo distingo una silueta esbelta. Un lomo bien marcado que le da un aire elegante. No siento miedo. Creo que mi limitado conocimiento del mundo animal ayuda en eso. Sin ser consciente de la fuerza que un puma pueda llegar a tener, estoy más tranquila observando al felino. Esos segundos de estupefacción finalizan y el animal termina de cruzar el camino para meterse otra vez en medio de los arbustos que lo protegen y camuflan, ayudándolo a esconderse de su siguiente presa.  
 
Sin duda, el animal se ha dejado ver cerca del hotel porque ahora está vacío. Escenas únicas como ésta, son una de las grandes ventajas de visitar el Parque Nacional Torres del Paine en otoño o invierno.
 
 
 
 
Sin frío ni turistas
Cuatro días atrás, el parque amanecía en su más auténtica tranquilidad magallánica. Era mediados de junio. Final de un otoño más bien flojo y que anunciaba un invierno seco. Aún así, estaba preparada para pasar frío, ver nieve y utilizar crampones en la caminata en caso necesario. Iba con un grupo organizado por la empresa Chile Nativo, establecida en Puerto Natales. El plan era realizar una adaptación invernal de la reconocida W, ya que no todos los refugios están abiertos en otoño e invierno, y el catamarán por el lago Pehoé o la navegación por el Grey tampoco operan.
 
El Parque Nacional Torres del Paine, además de ser conocido como uno de los lugares más fascinantes del mundo, últimamente es protagonista por la sobrecarga de visitantes que recibe en los meses de verano, cuando se concentra el 70 por ciento de las visitas, según datos de la Corporación Nacional Forestal (Conaf). En 2015, un total de 213 mil visitantes pasaron por los senderos del recinto. “En verano es imposible caminar sin que transcurra más de un minuto sin ver a alguien”, me explicó Armando Iglesias, el guía que nos acompañó a lo largo de los cinco días.
 
Él siempre lleva una boina de gaucho y camina acompañándose de dos bastones que se mueven de forma ligera, como si éstos ya supieran el camino. Armando, con 19 años de experiencia guiando en la Patagonia, tiene planes de renunciar el 2017, para volver a trabajar en su rancho con los caballos. Es una persona seria. Ha guiado a tantos turistas que pocas cosas le sorprenden. Pero en ocasiones suelta una sonrisa, y uno nota que respeta su trabajo y que aún le quedan ganas de mostrar el parque.
 
La camioneta nos dejó en el puente Serrano, a un escaso kilómetro de la homónima administración, en la cara oeste del parque. Bordeamos el río Serrano, de color lechoso, y luego el lago Pehoé, de un sorprendente turquesa en medio de la seca pampa patagónica. Entre nubes y algún rayo de sol, al fondo nos sorprendía la imponente cordillera Paine.
 
Viajábamos más ligeros que la mayoría, ya que unos porteadores nos cargaban la comida para todos los días y no necesitábamos carpa para dormir. Aún así, el viento me azotaba ferozmente, y en algún momento pensé que me tumbaría. Cuando los dos jóvenes cargadores nos adelantaron con sus mochilas que casi doblaban su estatura, me sentí insignificante. Casi no podía con lo mío –que no debía llegar a los 10 kilos–, pero ellos volaban con sus bultos que probablemente pesaban más de 20. Incluso, uno de ellos usaba crocs, mientras sus botas de montaña colgaban de la inmensa mochila.
 
La caminata de poco más de cuatro horas culminó con un reconfortante arroz con pollo al curry, gentileza de nuestro dedicado guía. Armando hizo esto constantemente: cada día, al llegar al albergue, iba a la cocina sin descansar ni un minuto para preparar deliciosas cenas.  
 
El refugio Paine Grande se veía vacío en estas fechas. Era el único abierto del parque. Me recordó a la película El Resplandor (The Shining), donde Jack Nicholson enloquece como vigilante de un solitario hotel de montaña en invierno, cuando éste no recibe huéspedes. La electricidad funcionaba desde las 17:00 hasta las 22:00 horas, y después se sumía en su más profundo silencio y oscuridad. Los pocos visitantes, si aún no dormían, se movían con linternas y luces frontales, llenando el vacío con el retumbar de sus pasos.
 
Me advirtieron que llevara un buen saco de dormir. Aún quedándome dentro, podría estar helado, porque sólo se calentaba una habitación con estufa a leña y el resto quedaba a la merced del buen aislamiento de la infraestructura. Para bien o para mal, no hizo tanto frío. No vi nieve, ni hielo en el camino, pero tampoco sentí que las no tan bajas temperaturas fueran un impedimento en mis horas de descanso.
 
Estar en el refugio cuando el día se empezaba a apagar fue reconfortante, especialmente con las ráfagas de viento que hacían silbar con fuerza la pequeña estufa alrededor de la cual los pocos excursionistas nos amontonábamos. Entonces, me sentí afortunada: todavía había valientes que acampaban afuera.
 
Durante los meses más fríos, es posible disfrutar de los senderos y miradores más concurridos en enero y febrero, prácticamente a solas. Sin duda, algo que compensa con creces las bajas temperaturas o los cortos días de la punta más austral del continente sudamericano. De hecho, hay mayores y mejores oportunidades de ver el amanecer y el atardecer, como destaca Gonzalo Fuenzalida, fundador de Chile Nativo.
 
 
 
 
Cuando las montañas hablan
El segundo día despertó tan claro que desayuné rápido para tomar algunas fotos del amanecer. El viento había aflojado y las estrellas aún vigilaban desde lo más alto cómo el sol empezaba a asomarse por el este. No vi un cielo de mil colores. Al contrario, fue un azul intenso, que se iba aclarando a medida que avanzaban los minutos, teñido por un tímido rosado que dio la bienvenida al segundo día de ruta. Me sentía con energía y ganas. Armando entonces decidió que era mejor ir al valle Francés que al glaciar Grey, ya que todo parecía muy despejado.
 
Tras 11 kilómetros de caminata, culminamos en una cuesta. Como si la montaña hubiera estado esperando a que llegáramos al mirador del valle, el espectáculo natural estalló. Una avalancha de dimensiones considerables empezó a descender con fuerza, haciendo retumbar todo el lugar con un estruendo parecido al que podría suceder si algún día se terminara el mundo. Sólo pude tomar una foto, porque el resto del tiempo estuve cautivada. Lo observaba con asombro, pensando que esa explosión de nieve y hielo bajaba con tanta fuerza que quizás nos alcanzaría. Verbalicé ese pensamiento, y Armando no contestó. Tomé la “respuesta” por buena.
 
De regreso al refugio, tuve la ocurrencia de girarme. ¡Bendito momento en el que lo hice! Sólo eran las 16:00 horas, pero ya atardecía y los cuernos se cubrían con una luz amarilla, que me gusta llamar amarillo invierno. Ese tono que sólo se consigue en los paisajes de lugares fríos, cuando el sol recorre tímido el cielo, sin llegar a levantarse demasiado. Esa luz horizontal, fría y cálida al mismo tiempo. Eso tiene el invierno: días cortos pero tonos diferentes, tan o más cautivadores que los cálidos del verano.
 
Ese día cargamos los crampones en las mochilas, esperando encontrar algo de hielo en el ascenso. Pero nada. Desde diciembre que no se registran grandes precipitaciones, ni de lluvia ni de nieve.
 
 
 
 
¿Invierno? ¿Seguro?
La jornada siguiente fue el día más largo, con unos 25 kilómetros de recorrido. Mientras nos acercábamos al glaciar Grey, el guía miraba hacia su derecha, al Paine Grande, y negaba con la cabeza. Me pidió que tomara una foto de las montañas que forman el macizo, que luego, cuando almorzamos, comparamos con otra imagen obturada con su cámara en septiembre pasado. Algunas de las formaciones de hielo que definen el cordón montañoso ya no estaban. Un hecho alarmante, sin duda, porque si el invierno es seco, el verano va a ser peor. Aumentará, entre otros aspectos, el riesgo de incendios.
 
De hecho, los árboles quemados por las catástrofes de origen humano sucedidas en 2006 y 2011 definen parte del paisaje que vi en mi estancia en el parque. Casi cada día cruzamos algún cementerio de lenga, ñirre o coihue, con troncos de un color grisáceo, casi blanco, que cubren aún muchas hectáreas del parque. Aunque se están llevando a cabo tareas de reforestación a cargo de Conaf y la ONG AMA Torres del Paine, los resultados tardarán décadas en verse. Ahora sólo queda un vívido recuerdo de lo que fueron frondosas áreas de bosque.
 
El cuarto día fue para disfrutar, ya que volvimos a hacer el camino de 18 kilómetros de la primera jornada. Esta vez el viento iba a nuestro favor. La temperatura podría haber sido la de un día primaveral y el camino era llano. A nuestras espaldas dejamos el macizo granítico, que en ese momento estaba envuelto en una gran nube negra. “¡Ojalá llueva!”, pensé. Pero luego, tras escuchar comentarios de los veteranos del parque y observar personalmente el nivel de los ríos y glaciares, entendí que la falta de precipitación en los meses anteriores era una situación que se salía de la normalidad.
 
 
 
 
 
Las torres
La alarma sonó a las 5:30 horas, despertándome para el último día de excursión. Un desayuno con huevos, pan, jamón y queso, me dio energía para iniciarlo. Después de comer y empacar, recorrimos en van durante una hora para cruzar el parque de oeste a este. Al fin veríamos los tres monstruos graníticos que dan nombre al parque. Según el guía, ese día sería el más duro. El camino tendría mucho desnivel y hacía falta empezar antes que saliera el sol, si queríamos regresar con luz al final del día.
 
La motivación por ver las torres se impuso en todo el grupo, menos en mí.
 
“No hay mal que por bien no venga”, dice el saber popular. Y así lo tomé. No subí al mirador de las torres porque mis pies dijeron basta. Evité el enfado personal y dejé que Luis, el conductor de la van de Chile Nativo, me paseara por el parque. Me sorprendí con vistas panorámicas de las torres y los cuernos, con bellos guanacos cuyas largas pestañas nos saludaban a nuestro paso.
 
 
 
 
Ver al puma no fue el único regalo del día. El segundo vino unos minutos más tarde, cuando amanecía nublado. Entre nube y nube, un rayo de sol se escapó para iluminar las tres grandes torres, tornándolas de un color naranja intenso. Mi dedo no podía parar de obturar, ya que en cada momento el juego de luces y sombras cambiaba. Al fin decidí que tenía suficientes recuerdos para despertar la frágil memoria si algún día a mi cerebro se le ocurría olvidar ese espectáculo.
 
Los últimos minutos los dediqué para mí, ensimismada por la belleza de lo que tenía delante. El corazón, encogido. Los ojos, como platos. El cuerpo, inmóvil. No me atrevía a realizar ningún movimiento, por miedo a perderme un segundo de esa escena que la naturaleza me mostró a cambio de nada.
 
Así, tal y como empezó, terminó. Cinco días de esfuerzos, buena comida y paisajes inolvidables. Ahora no me queda otra que regresar para subir a la base de Las Torres. Y no dudaría en volver a hacerlo en invierno, cuando el parque me recibió en su más intensa paz, calma y silencio. Torres del Paine, volveré. 
 
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CÓMO IR 
Chile Nativo ofrece programas de trekkings, cabalgatas y de intereses especiales, durante todo el año en Torres del Paine. Es una empresa con largo recorrido y que cuenta con guías experimentados. Ofrece un servicio de calidad atendiendo al turista desde antes de comenzar, hasta dejarlo en su hotel al regreso. Durante el programa, la atención por parte del guía es exquisita, ofreciendo comida de buena calidad y ayuda en todo lo necesario. Para más información, visite www.chilenativo.travel
 
Para alojarse en un refugio dentro del parque, la única opción entre mayo y septiembre es el Refugio Paine Grande, operado por Vértice Patagonia. Debido a la poca afluencia en los meses de invierno, la reserva no es necesaria. El hospedaje ofrece agua caliente y electricidad desde las 17:00 a las 22:00 horas. El servicio de restaurante no se encuentra operativo en temporada baja. Más información en www.verticepatagonia.com
 

 

 

 
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