Corremos junto a los animales salvajes a través de las tierras heladas de la Patagonia

Imprimir
 
 
28 de julio de 2012: es verano en el hemisferio norte, y es el día de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres. 5000 millas al sur, dos figuras se aferran contra el viento y la nieve en el punto más austral de Sudamérica. A los gritos –para que se escuche por sobre el fragor del viento y las olas– anuncian su propia olimpíada, el “5000mileproject”: correr todo el largo de América del Sur, un equivalente a 250 maratones, en un año, por las tierras vírgenes del continente, su fauna y su flora.
 
Tratamos de anticipar lo que nos espera en el camino, de imaginar si nuestros cuerpos podrán sobrellevar el desafío de correr 30 kilómetros por día. Pero no podemos perder tiempo en reflexiones, pronto las escasas horas de luz de este día invernal se irán, sumiéndonos en la oscuridad. Tenemos limitados alimentos, tres ríos de aguas heladas para atravesar, nieve hasta las rodillas para sortear y una costa escarpada que pareciera querer tirarnos al mar. La única opción es correr.
 
 Nosotros somos ecologistas, no somos atletas, como bien nos recordaran nuestros padres en varias ocasiones. Sin embargo nos parece que correr, es algo que todo el mundo puede hacer, y es algo que los seres humanos venimos haciendo desde que salimos del Valle de Rift. Solo se necesitan zapatillas  (¡y ni siquiera son esenciales!) y listo, ya se puede salir a explorar el mundo y sus increíbles tierras vírgenes.
 
Durante los primeros 50 alegres kilómetros, eso es exactamente lo que hicimos.  Corrimos por bosques de hayas, seguimos las huellas de un puma, avistamos albatros de ceja negra volando al ras de las olas, y finalmente encontramos la ruta que nos llevaría hacia el norte a través del invierno secreto de la Patagonia.
 
Durante las siguientes semanas atravesamos Punta Arenas, Puerto natales, El Calafate y El Chaltén. Nos turnamos para tirar de nuestro carrito, que construimos reciclando bicicletas, neumáticos y caña (artículos rescatados del costado del camino). Este carrito es fundamental para nuestra expedición, ya que nos permite ser completamente autónomos por lo menos por una semana, en él llevamos todo lo que necesitamos para sobrevivir al invierno patagónico.
 
Corrimos a lo largo de la infame Carretera Austral, desde Villa O´Higgins hasta Puerto Montt (aparentemente fuimos los primeros en hacerlo) antes de cruzar una vez más a Argentina, a la altura de Bariloche. Desde allí seguimos hacia el norte, dejando las místicas tierras heladas de la Patagonia atrás, pero presentes en nuestra memoria por siempre.
 
Con un itinerario estricto, y con piernas que no podrían dar un paso más allá de lo estipulado, no hubo mucho espacio para explorar las tierras vírgenes de la Patagonia. Sin embargo, donde fuera que pusiéramos la carpa, los animales salvajes nos encontraban.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
    
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Un zorro culpeo, grande y de color avellana, se sentó junto al arroyo donde yo estaba juntando agua. Nuestras miradas se cruzaron momentáneamente, antes de que desapareciera, dejando solo una estela de pequeñas huellas en la nieve para marcar su paso. El día siguiente, una cacofonía de chillidos nos alertó de la presencia de uno de los residentes más espectaculares del bosque templado de la Patagonia: una pareja de pájaros carpinteros magallánicos que meticulosamente golpeteaban un tronco muerto en busca de gusanos jugosos. David se decidió a llamarlos para poder verlos más de cerca, golpeando dos piedras contra un ciprés hueco. Las hembras respondieron a cada golpeteo con muchísimo interés.
 
Nuestro sondeo de pájaros estaría incompleto sin la presencia de un personaje muy especial: el ruidoso chucao. Con un arte de mago, se aparecía de la nada, se acercaba a nosotros como un ratoncito de colores brillantes. Y luego, como para asegurarse de que nos habíamos percatado de su presencia, echaba la cabeza hacia atrás y largaba el más enorme de los “chucaos” que rebotaba eternamente  entre los árboles.
 
Armados con los datos y las imágenes de estas carismáticas especies, hicimos presentaciones en las escuelas de los pueblitos por los que pasábamos. Les preguntamos a los chicos qué sabían ellos sobre los hábitats de la región y sobre sus ocupantes, nosotros les contamos los impactos medioambientales con los que nos encontramos al correr, y entre todos buscamos posibles soluciones o formas de atenuarlos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Porque la Patagonia no ha sido inmune al cambio. Al bajar del micro, tus ojos encuentran en el horizonte los cautivantes picos nevados de las montañas, embeben las aguas cristalinas cayendo a chorros en las cascadas y se fijan en la profundidad esmeralda de los ríos. La estructura del paisaje es todavía resplandeciente, pero su integridad ecológica ha sido sutilmente modificada.
 
Una de las grandes amenazas que observamos al correr por la estepa y por los antiguos bosques, es la del pastoreo excesivo. Los bosques y los pastizales todavía están ahí, en la mayoría de los casos, pero la estructura vegetativa, la capacidad de sostener la vida de los animales salvajes, la capacidad de sostener la tierra y almacenar el agua, ha sido modificada por el impacto de millones de vacas y ovejas masticando las miles de hectáreas en las que pastan.
 
En algunos casos, su impacto ha sido inflamado por el fuego. Un instructor de kayak chileno nos contó que “durante las décadas del 50 y del 60, los gobiernos chilenos han dejado vastas zonas ardiendo lentamente en su afán por poblar el sur y de despejar los bosques impenetrables para hacer lugar para el ganado”. Los restos chamuscados de esos cementerios de bosques, todavía se ven en muchas de las colinas y valles de la Carretera Austral.
 
Como ecologistas, nos resulta imposible dejar de analizar los paisajes por los que pasamos. Nuestro desafío tiene tanto que ver con los hábitats, las aves, la basura y los animales arrollados al costado del camino, como con la simple alegría de correr por tierras vírgenes. Por eso nuestro objetivo es el de conectar a la gente del Reino Unido y del mundo, con este continente increíble. No solo denunciamos temas, también celebramos éxitos. Y al mismo tiempo recaudamos fondos para obras de beneficencia que se ocupan del medioambiente, como Conservación Patagónica (CP).
 
CP es, precisamente, una de estas historias de éxitos. En estos momentos se están ocupando de restaurar 200 mil acres del Valle Chacabuco, al norte de Cochrane, en Chile. Lentamente, esta estancia, cuya tierra estaba arruinada por el pastoreo excesivo, está volviendo a su estado natural, una estepa en buen funcionamiento, que será convertida en Parque Nacional. Los visitamos y nos sorprendimos con el contraste que hay entre estas tierras restauradas y las otras, donde todavía pasta una excesiva cantidad de ganado, del otro lado de la frontera.
 
El ecoturismo también está prosperando en la Patagonia, con actividades de bajo impacto y de bajo carbono, como salidas en kayak, en bicicleta, cabalgatas y caminatas, que ofrecen la posibilidad de explorar las tierras vírgenes y su fauna silvestre, asegurando al mismo tiempo que estos bienes naturales sean valorados económicamente, protegiendo así su futuro.
 
Pero el “ecoturismo”, lamentablemente, puede perder la parte de “eco”. Un hostal se autocalificaba “ecológico”, pero la única evidencia de eso que notamos, fue que usaban bombillas eléctricas de larga vida, lo cual es importante, pero es solo el comienzo. Si a las agencias,  organizaciones o individuos que trabajan con el turismo, realmente les importara, existe una variedad impresionante de prácticas ecológicas bien pensadas que podrían poner en práctica, las cuales  no solo protegerían el paisaje que promueven –y sus habitantes–, sino que además contribuirían a la reducción de sus gastos a largo plazo.
 
Las prácticas “Eco” incluyen: asegurarse de que los edificios estén situados y diseñados de forma sostenible, con buen aislamiento, averiguar de dónde proviene la leña y usar menos, debido al buen aislamiento; plantar especies nativas para beneficiar a la fauna nativa; recolectar agua de lluvia; usar productos de limpieza naturales; excluir gatos y perros de las áreas vírgenes; transformar la basura en compost y reciclar lo más posible; asegurarse de que la comida provenga de la misma zona; contribuir con fundaciones benéficas dedicadas a la conservación y la promoción de estos mismos hábitats.
 
Y son esos pequeños pasos que cada uno de nosotros puede dar, los que son importantes para que nuestro impacto sea menor en este encantador rincón del mundo. Cada paso individual que damos, que nos lleva a la conservación, o a vivir de manera sostenible, puede aparecer desconectado, pero en conjunto, pueden resultar en un verdadero cambio para los paisajes naturales de la Patagonia que todos apreciamos. Nosotros lo sabemos bien, después de correr 4700 kilómetros, la importancia de cada uno de nuestros pasos nunca nos resultó más clara. Estamos ahora en medio del calor abrazador del norte de Argentina, rodeados de cactus y acacias que se alzan hacia el cielo, y de bichos enormes que nos zumban a su paso. La Patagonia es ahora un sueño, pero el hecho de que con pequeños pasos cada uno de nosotros puede lograr un cambio beneficioso para una de las pocas tierras vírgenes que quedan en el mundo, es inmensamente real.
 
Si quiere saber más sobre Katharine y David, y su 5000mileproject, visite su sitio www.5000mileproject.org y sígalos en Facebook o Twitter.  Para colaborar con la expedición, o con las obras de beneficencia para las que corremos, como Conservación Patagónica, por favor, siga este enlace.
 
Traducción por Maria Pelletta
 
Related articles :