Los Mapuche que yo conozco

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He tenido el privilegio de conocer a muchas personas mapuche. En comunidades rurales y zonas urbanas. Unos proclaman ser mapuche y otros lo susurran más bien calladitos. Mi rol de periodista extranjera radicada en Chile, me ha permitido un sinfín de oportunidades para compartir con todos ellos, en diversos contextos y circunstancias. Es por ello que los últimos atentados en el sur me han dejado choqueada -como a todos supongo-, porque están lejísimos de lo que son e intentan ser los mapuche como pueblo. Lo mismo la respuesta belicista del gobierno y su discurso del “ataque frontal al terrorismo”. Si son unos “ciento veinte terroristas,” como dice el ministro Chadwick, no olvidemos que más de un millón de personas se reconocen mapuches en Chile.
 
Mi experiencia no me habla de un pueblo terrorista. Para nada. He visto familias trabajadores que se levantan con el sol para cosechar el trigo; a un niño descalzo lanzarse sobre cartón desde un cerro, feliz e inconsciente de la pobreza que sufre su familia; el reflejo de la luna sobre un lago plácido mientras el pescador reparte la red con esperanza de que sea una noche productiva; la cara tímida de la joven santiaguina con raíces indígenas que asiste al festival de We Tripantu (año nuevo mapuche); los eucaliptos plantados encima del cementerio; la detención violenta de un hombre en una protesta fuera de TVN que nada hizo para merecerla.
 
He sentido también la mano fuerte de un Carabinero, tomándome por el codo y exigiendo mis credenciales cuando sacaba fotos desde una vereda pública; la generosidad mateando con personas en un parque capitalino; el olor a gas lacrimógeno en medio de un acto musical fuera del Museo Bellas Artes. He escuchado la canción de un niño de nueve años cuyas letras recordaban la muerte de Matías Catrileo; la escoba barriendo a las siete de la mañana en una casa del campo; las campanillas del choike (baile del pájaro) en las ceremonias tradicionales; el llanto de un anciano conmovido al recuperar los derechos del cementerio donde descansaba su querida esposa.
 
Una tropa de Carabineros armados no va a traer paz al sur de Chile. Se necesita una solución política que conlleve justicia social e económica, tomando en cuenta la deuda histórica que tiene el Estado de Chile con el pueblo mapuche. Una solución que no pasa por limosnas, sino por abrir vías de participación democrática y oportunidades económicas que vayan en beneficio de los integrantes de los pueblos originarios, hoy los más pobres entre los pobres.
 
Hay un peso enorme que recae sobre los hombros de cada ciudadano, mapuche y no mapuche, en el avance hacia un Chile más justo. Es una responsabilidad compartida. Pueden existir leyes que nos obliguen a tratar bien a los miembros de etnias distintas, es cierto. Pero Chile seguirá siendo atrasado si las personas no mapuche, los chilenos, optan por no mezclarse o cuando menos aprender la cultura del otro.
 
Chile tiene la capacidad de avanzar más rápido, si se anima a dar el paso. Si no realizamos el esfuerzo de extender la mano o partir el pan con personas de pueblos y culturas distintas, digamos las cosas como son: estaremos siendo racistas. Les planteo entonces el siguiente desafío. Elija tres de estas sugerencias para implementar en los próximos meses, junto a sus otras metas para 2013.
 
1. Asistir en familia a una obra de teatro mapuche; 2. Invitar a un mapuche que conozca a cenar a tu casa; 3. Asistir a un seminario o debate sobre un tema relacionado con el conflicto; 4. Viajar, en estas vacaciones, a conocer experiencias de turismo étnico; 5. Adquirir textiles o artesanía étnica y regalar a familiares o amigos; 6. Inscribirse en clases de mapudungun, la lengua del pueblo mapuche; 7. Comprar algún disco de la cantante Beatriz Pichi Malen a través de ITunes; 8. Ver con amigos los documentales “La Voz Mapuche”, “Territorio de Fronteras” o “Newen Mapu Che”; 9. Leer escritores como Jorge Pinto, Fernando Pairican, José Mariman, Pedro Cayuqueo, Jaqueline Caniguan, José Millalen, o Graciela Huinao.
 
Todo ello también es Chile, vuestro país. Bello, rico y diverso. No disfruten solo de las oportunidades laborales que otorga o su gran belleza natural. Chile es mucho más que estabilidad económica. Chile es mucho más que simples postales. Es quizás la hora de asumir estas diferencias culturales, aprender de ellas, valorar lo que representan y disfrutar todos de una convivencia más justa y democrática. 
 
La autora, Brittany Peterson, es editora asociada y multimedia de Patagon Journal
 

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