Ultima Esperanza

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Por Francisco Campos-López y Kyoko Ruch
 
Última Esperanza, es el nombre de una provincia en la Región de Magallanes, ubicada en el medio de la vasta, magnánima y prístina Patagonia Chilena, recientemente nombrada “Destino Top para Visitar”, por la prestigiosa revista de Turismo de Lujo Conde Nast Traveler de España. La capital y ciudad más grande de la provincia es Puerto Natales, un hermoso poblado con ese encanto sureño único, a orillas de hermosos fiordos, y cordilleras junto a formaciones andinas que la separan de Argentina. 

Justamente esa cercanía con aquel país, hace que haya una gran interacción entre ambos pueblos, algo sólo visto en la Patagonia. Natales está aislado, aunque mejor que otrora, y es la parada obligada para cada visitante que desde Chile visita el Parque Nacional Torres del Paine, votado como la Octava Maravilla del Mundo por VirtualTourist. Este es uno de los sitios que más orgullo brindan a los chilenos y la razón por la que Natales es globalmente conocido.

A pesar de su reputación, Natales se convierte lentamente en un lugar para tener en cuenta, lamentablemente, en materias socioambientales. Muchos de sus habitantes, temen que estén justamente lidiando con su propia “última esperanza”. Por un lado, las presiones para convertir el área en un foco de extracción carbonífera y, por otro, la proliferación sin control y fiscalización por parte de los servicios gubernamentales locales de la industria salmonera. Ambos están dejando seriamente en peligro sus bellezas naturales que lo convierten en un sitio de alto interés turístico.

La extracción carbonífera a tajo abierto es la nueva amenaza, incluso con implicancias políticas. Un nuevo proyecto carbonífero, irónicamente llamado “Tranquilo”, dentro de una estancia de propiedad privada, podría acarrear serias consecuencias para sus comunidades. Dentro del proyecto, se específica claramente el uso de explosivos, o las también llamadas tronaduras, lo cual dista mucho de ser un proceso “tranquilo”. La minería a cielo abierto es un proceso en extremo violento, donde la tierra es -irreparablemente- destruída en pedazos, dejando como huella imborrable y perenne, tóxicos deslaves y un manto mineral peligroso que daña los cursos de agua locales.
 

 

Como ONG, nos toca ver a lo largo del país las presentaciones de proyectos de “energía” o minería como Tranquilo. Hermosas y modernas presentaciones para la comunidad y autoridades nos entregan una visión poco acorde con la realidad sobre estos proyectos. En el caso de Tranquilo, sus promotores nos presentan un elegante video 3D explicativo, que deja en claro el supuesto amor por la naturaleza de sus implicados, y asegura que existen consecuencias positivas, como la laguna residual (tóxica seguramente) que puede generar nuevas migraciones de aves y ecosistemas. Los verdaderos impactos de la minería a cielo abierto son extremadamente más devastadores.

Luego no podemos soslayar las implicancias políticas y económicas que este proyecto arrastra consigo. En una declaración pública luego de la presentación de la mina Tranquilo en el Municipio de Natales, su alcalde, Fernando Paredes, declaró: “El proyecto no es factible si Argentina no compra el carbón o la mina no cumple con las regulaciones y requisitos del Estado.”

Pero ¿qué tiene que ver Argentina, con una mina en Chile? Si realmente necesitamos como país compradores argentinos para hacer que la mina genere ingresos, estamos armando una situación donde la destrucción del medio ambiente que sustenta nuestro turismo único, sea reemplazado por una mina que va a fracasar.
 
Cruzando la frontera con Argentina, ya hemos visto lo que la minería de carbón puede hacer. La ciudad de Río Turbio, en la Patagonia argentina, inauguró una nueva planta termoélectrica que funciona un 70% a base de carbón y un 30% a base de cal, con una capacidad de 240mw de generación de energía. A pesar de tres años de continúa oposición de activistas, opositores políticos y miembros de la comunidad, hasta ahora, la mina ha traído más perdidas e interrogantes que energía.


 

La mina Tranquilo está efectivamente basada en el principio de que podemos dejar un proyecto carbonero pobremente pensado, planificado y diseñado en Patagonia, y reemplazarlo por el desarrollo de otro proyecto peligroso. La usina de Río Turbio necesita para funcionar 1,200,000 toneladas de carbón. Sin embargo, en el área que rodea la termoeléctrica, que posee yacimientos de carbón cercanos y acorde a las políticas locales de autoabastecimiento, solo pueden satisfacer el consumo de dos meses. Es decir, no está asegurada su sustentabilidad como proyecto.
 
Y claro está, Argentina tendrá que importar ese carbón desde algún lado. Y dado su proximidad y acceso con Río Turbio, Tranquilo se erige como la mejor opción para salvar a la termoeléctrica de Río Turbio. Ahora intereses privados apoyados en una gran falta de planificación y acuerdos entre el sector privado, pueden cimentar un camino tortuoso, dejando impactos en la naturaleza que jamás podrán ser revertidos.

La Mina Tranquilo tiene proyectada su entrada al Sistema de Evaluación Ambiental chileno para fines del año. Aunque resulta imperativo poder asegurar un Estudio de Impacto Ambiental correcto, depurado y fehaciente, para poder realmente dimensionar y analizar los reales impactos en uno de los paraísos turísticos y naturales de Chile.

Intereses financieros que presionan para que este proyecto vea la luz a corto plazo van a sorprenderse. La comunidad de Natales se está organizando fuertemente para generar la correcta oposición al proyecto. Ellos simplemente quieren preservar la industria turística que los mantiene, la cual recae sobre la increíble y única belleza de una de las áreas con mayores reservas de agua en el mundo. Es tiempo de levantarse y apoyar a la región, y también a su gente, para que puedan decidir juntos el futuro de la Región de Magallanes. 

Un turismo de clase mundial, o la destructiva minería a cielo abierto en Patagonia, son las opciones.
 
Publicado originalmente en el blog de Eco-Centro del Sierra Club. Francisco Campos-López y Kyoko Ruch trabajan con la ONG RealChile.
 
 

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