
Tres amigos realizan la travesía Reserva Tamango – Parque Patagonia – Reserva Jeinimeni, pero no todo les resulta como lo planearon.
Por Ignacio Palma
Fotos por David Vidal
Nota del Editor: La siguiente articulo es de la Edición 9.
Inicialmente, todo se encaminada de acuerdo a lo planificado, pero las treguas de la naturaleza no duran por mucho tiempo en la Patagonia.
Mariela, David y yo, dejamos Cochrane a eso de las 7:00 horas para comenzar nuestra travesía que uniría la Reserva Tamango, Parque Patagonia y la Reserva Jeinimeni. Era tan temprano que la oficina de Conaf estaba cerrada, y no pudimos dar aviso. Sería un trekking que cubriría cerca de 75 kms de senderos en estas tres áreas que la ONG Conservación Patagónica quiere unificar para crear un gran parque nacional que abarque más de 263 mil hectáreas.
Ascendimos por los cerros con el lago Cochrane a nuestras espaldas. Bosques de ñirre y lenga se entrecruzaban, a la vez que bordeamos solitarias lagunas cuando llegamos a sectores más altos. Nuestro objetivo era el Valle Chacabuco, pero un malestar estomacal de David impidió la avanzada. Decidimos acampar cerca del límite de vegetación, en una tarde que corría un fuerte viento y lluvia, anticipándose a una noche con leve caída de nieve.
A la mañana siguiente, unos guanacos nos observaban quietamente desde las alturas mientras nos dirigíamos a un paso ubicado entre los cerros Tamango y Tamanguito, que demarca la frontera de la reserva y el Parque Patagonia. La panorámica era asombrosa. El amplio y semi-árido Valle Chacabuco era el personaje principal, que junto a su homónimo río serpenteaban por la estepa patagónica hasta perderse en el horizonte oriental. El valle funcionaba como un inmenso corredor natural entre nuestra ubicación y el norteño cordón montañoso frente a nosotros, liderado por el Cerro Las Horquetas. Al oeste, estaba el eterno manto blanco del Campo de Hielo Norte, y al sur, el Cordón Esmeraldase dejaba ver, pero no así el Monte San Lorenzo, escondido tras las nubes bajas.
Proseguimos nuestro andar en el sendero Lagunas Altas, mientras un cóndor, de vez en cuando, nos vigilaba desde el aire con sus alas extendidas. Las nubes se disiparon y la luz del sol se impregnó en esta zona con una decena de lagunas alpinas, que ofrecían vistas privilegiadas junto a los acantilados y al valle de fondo. Desde aquí pudimos ver las dependencias del Parque Patagonia, lugar donde al atardecer llegamos a acampar, chequear el pronóstico del tiempo y coordinar algún acercamiento hasta Casa Piedra -donde comienza el sendero Avilés-, distante a 25 kilómetros.

Los expertos están en lo cierto: El tiempo en la Patagonia es notoriamente impredecible. Los servicios meteorológicos pronosticaban que habría más sol que lluvia en los días venideros. Pero cuando alcanzamos el Puesto Límite -que delimita al Parque Patagonia y Jeinimeni-, habíamos aguantado dos días de intensa lluvia acampando en el bosque. Antes de dicha tormenta, tomamos el lado oeste del sendero Avilés, en un majestuoso valle acorralado estrechamente por montañas, como el rojizo Cerro Pintura, y acompañado por mesetas, cañones, glaciares, bosques y calafates. Fue aquí donde hicimos tres cruces de ríos, cuya profundidad sólo me alcanzaba la rodilla.
Sin embargo, mucha agua ya ha caído. Pensamos que si damos marcha atrás sería riesgoso, por los ríos ya desbordados. Por lo tanto, en nuestro cuarto día estamos dispuestos a continuar por la Reserva Jeinimeni. Tras unos 40 minutos de descenso por el bosque, llegamos al Valle Hermoso, cuyo nombre es muy apropiado. Las montañas del oeste, entre nubes y rayos de sol, se dejan deleitar con sus gigantescos ventisqueros, que alimentan a este pedregoso valle de innumerables arroyos, los cuales se unen a los ríos y esteros que desembocan en el Lago Verde. Una sinfonía perfecta de la naturaleza. El único problema es que en los últimos días recibió una sobreabundancia de agua, convirtiendo a arroyos comúnmente poco profundos, en peligrosos caudales que me llegan hasta el ombligo al momento de cruzarlos.
Cuando ya alcanzamos el Lago Verde, sólo quedan dos desembocaduras por atravesar. En la primera no requeremos ni ayuda. La segunda es el Estero Ventisqueros. De un color café y sin dar chance que se logre ver su profundidad, contrasta notoriamente con el lago color turquesa. Ambos han aumentado su caudal: La baliza del otro lado está casi sobrepasada por el agua, y no se ve por dónde continúa el sendero. Primera vez que los tres nos enfrentamos a tamaña adversidad. De todas formas, decidimos cruzarlo. No queda otra opción.
Cinturones de nuestras mochilas desabrochados. Nuestros brazos entrelazados. Bastones sostenidos firmemente por nuestras manos. Y mucho coraje. Que se transforma en incertidumbre y luego en desesperación. Sí, porque tras unos pocos pasos, la corriente es tan fuerte que nos empuja hasta las profundidades del estero. No alcanzo a sostener mis pies sobre ninguna superficie. El agua ya comienza a entrar en la mochila y se hace cada vez más pesada. Mi brazo se suelta de Mariela. Trago agua. Veo que mis amigos están en similar situación. Me hundo cada vez más. No toco fondo. “Hasta aquí llego”, pienso. Alcanzo a Mariela nuevamente. La corriente nos separa otra vez. Cierro los ojos. El agua continúa sobrepasando mi cabeza. No sé dónde me lleva. Quizás al lago. El flujo me traslada hasta unos arbustos al otro lado del río y me sostengo firmemente. Lo mismo les ocurre a Mariela y David. Estamos a salvo.
- ¡Estuvo cerca! -, exclama Vidal, mientras seguimos estancados en estas gélidas aguas.
Este episodio, que sucedió en fracción de segundos, estuvo muy cerca de convertirse en una tragedia.
Una vez en tierra firme, y tras unos 10 minutos de búsqueda, David encuentra un sendero que sube al Cordón La Gloria. Buen nombre para un momento como éste, pienso. Orillando el lado noreste del Lago Verde, subimos por una extenuante quebrada, Descendemos hasta el Valle La Gloria y cruzamos más arroyos, esta vez no tan profundos oscurecer. Acampamos cerca del río en una noche personalmente larga, pues si bien estamos a un día de finalizar la travesía, aún estoy preocupado por un nuevo cruce que se aproxima, el cual, por lo visto en el mapa, se ve incluso más riesgoso.

Ya en el sexto día, somos testigos de lo que pensaba: El desagüe del Lago Verde que conecta con el Lago Jeinimeni se ha convertido en un río extremadamente peligroso. Su caudal aumentó producto de las lluvias. La corriente fluye rápidamente. Hay unos 20 metros de distancia entre las balizas de un lado y otro. El color del agua es principalmente de un azul intenso cuya profundidad es muy difícil de discernir. Buscamos por otras zonas, y nada. Tras lo ocurrido en el día anterior, no nos queremos arriesgar nuevamente a cruzar. Ni siquiera una sola persona, ya que el mapa indica que continúan otros tres arroyos más. Debemos esperar a que el río baje su caudal.
Pero esa espera se vuelve eterna. Creamos un monolito con un palo afirmado de unas rocas justo en la orilla del río, para analizar cuánto baja. En todo el día que estuvimos haciendo guardia, vemos que desciende muy poco. Se hace de noche, por lo que decidimos acampar. Pensamos que racionando la comida que nos queda, nos alcanzaría para aguantar unos siete días, en el peor de los casos. Esta noche sólo ingerimos leche con harina tostada.
Los siguientes dos días transcurren sin novedad y ya se vuelve una costumbre retornar a la carpa con el sonido de ese río caudaloso. Hemos creado medidas de emergencia, como hacer una gran señal S.O.S. con piedras en la ribera. También levantamos una segunda carpa en la zona del cruce para hacer guardia, resguardados de las inclemencias del tiempo. Nos ayuda especialmente en el octavo día, cuando nuevamente una incesante lluvia disminuye nuestras esperanzas.
Es el noveno día en una travesía que usualmente no demora más de cinco. Nuestros cuerpos se sienten más cansados principalmente por la poca comida ingerida. Pero el cielo está totalmente despejado y los primeros rayos de sol iluminan el paisaje. Llegamos al cruce y notamos que sorprendentemente el río bajó y se ha formado una difusa vía pedregosa para cruzarlo. No estando tan seguros, David y yo intentamos atravesar el río sin mochila, y afortunadamente llegamos al otro lado. Regresamos al punto donde partimos, volvemos a buscar nuestras pertenencias y cruzamos los tres juntos con mochila.
Ese 20 de marzo de 2015 fue el último día de verano, pero también será recordado por salvarnos de accidentes trágicos. Fue una travesía por una zona de biodiversidad única que, especialmente en la bellísima e inhóspita área de Jeinimeni, necesita desarrollar mejor su conectividad en casos de emergencia, pensando en un futuro Parque Nacional Patagonia.





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