Volcanes chilenos: Mirar, admirar... y vigilar

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Erupción volcán Villarrica en 2015. Erupción volcán Villarrica en 2015.
 
Chile no sólo es uno de los territorios más sísmicos del mundo, sino hogar de algunos de los volcanes más activos del mundo. Majestuosos, atractivos e imponentes, el gran desafío es poder vigilarlos de cerca.
 
Por Débora Gutiérrez

Nota del Editor: La siguiente articulo es de la 
Edición 30.
 
No son cinco o nueve volcanes activos los que pueblan prácticamente todo Chile: son casi 90 macizos que, en algún momento y de manera impredecible, podrían erupcionar y poner en riesgo a las comunidades aledañas. Algunos más peligrosos que otros, los volcanes de este país sudamericano son materia de estudio, de monitoreo y aún de sorpresas, como lo fue hace algunas décadas el volcán Chaitén, que tuvo una violenta e inesperada erupción.
 
En aquel entonces, en 2008, Chile contaba con muy poco instrumental y apenas tres volcanes monitoreados. Del volcán Chaitén se sabía poco (o casi nada) y su actividad sorprendió tanto a la comunidad científica como a las autoridades del momento.
 
El desastre de su actividad volcánica implicó la evacuación y traslado de una localidad completamente en la Patagonia chilena.
 
Este episodio hizo que se iniciara una etapa en el estudio y el monitoreo volcánico del país.
 
“El arco volcánico andino, en Chile particularmente, es de lo más extensos en el mundo y el número de volcanes activos, aquellos con actividad comprobada en los últimos 10 mil años o con muestras de actividad visible, como deformidad, sismicidad, fumarolas, es de 87 según en el último ranking nacional. Es decir, al mismo nivel de países en el mundo con la mayor cantidad de volcanismo como Japón, Indonesia o Alaska”, explica Álvaro Amigo, jefe de la Red Nacional de Vigilancia Volcánica (RNVV) del Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin).
 
 
Vista de la erupción del volcán Calbuco el 22 de abril de 2015 desde la cercana ciudad de Puerto Varas. Foto: Jimmy LangmanVista de la erupción del volcán Calbuco el 22 de abril de 2015 desde la cercana ciudad de Puerto Varas. Foto: Jimmy Langman
 
 
Amenaza volcánica
De acuerdo al experto, desde el siglo XVI alrededor de 35 volcanes se han activado, lo que se ha expresado en erupciones de variada intensidad y que han sido registradas desde la llegada de los españoles.
 
“En La Araucana de Alonso de Ercilla ya se describe al Villarrica con actividad volcánica. Además, hemos tenido erupciones que han sido muy intensas y con grandes volúmenes de material expulsado en el siglo XX, como de los volcanes Quizapu en 1932 (Región del Maule), Hudson (1991), Chaitén (2008), Complejo Volcánico Puyehue - Cordón Caulle (2011) y el Calbuco (2015)”, explica.
 
 Esa amenaza volcánica en Chile, expresada en el Ranking de Riesgo Específico de Volcanes Activos de Chile, es la suma de los factores de peligro y de exposición, tanto de comunidades como de infraestructura crítica (caminos, puentes, tendido eléctrico, entre otros).
 
Los volcanes, asegura el doctor Álvaro Amigo, son priorizados con una clasificación, lo que permite destinar mayores recursos a aquellos volcanes que implican mayor riesgo, dada la dificultad de proveer monitoreo volcánico para todos los volcanes activos ubicados en territorio chileno.
 
De acuerdo a un informe de Sernageomin publicado en la revista Volcánica en 2021, aproximadamente un 5% del territorio continental chileno es susceptible de ser afectado de manera directa por procesos volcánicos, como lahares y flujos piroclásticos y hasta un 35% podría ser afectado por caída de ceniza.
 
“Aunque poca población habita dentro de un radio de 10 km de un volcán activo, el 60% lo hace en un radio menor a 100 km. Desde el siglo XIX, al menos 15 erupciones han resultado en pérdida de vidas humanas en los volcanes Lonquimay, Llaima, Villarrica, Mocho-Choshuenco, Carrán-Los Venados y Hudson”, describe el informe.
 
Para el 2020, un total de 45 volcanes son monitoreados en tiempo real, los cuales se distribuyen desde el extremo norte de Chile hasta la Región de Aysén. Es un monitoreo que permite anticiparse a posibles escenarios adversos: “Los procesos volcánicos implican riesgo, al generar fenómenos que amenazan a la población y la infraestructura”, dice el experto de Sernageomin, “lo que amerita que Chile no sólo invierna en términos de la investigación científica, sino también en la vigilancia volcánica”.
 
“Esto permite establecer alertas tempranas para las poblaciones expuestas y, de esta manera, las autoridades tomen buenas e informadas decisiones y trabajen en una gestión del riesgo adecuada, estableciendo áreas de mayor peligro a través de un trabajo cartográfico y mapas de peligros que permiten tomar acciones en términos de ordenamiento territorial entorno a los volcanes más activos de Chile”, comenta Luis Lara, académico del Instituto de Ciencias de la Tierra UACH e investigador del Instituto Milenio Ckelar Volcanes.
 
El experto recuerda que en Chile y el mundo, si bien no siempre tienen poblaciones asentadas entornos cercanos, sí hay infraestructura crítica que resguardar y actividades económicas asociadas a los volcanes, como el turismo, que pueden ser afectadas por las erupciones volcánicas.
 
“De alguna manera, explica el doctor Lara, la observación sistemática de los volcanes activos reduce la incertidumbre, dispone de un diagnóstico y otorga seguridad a quienes viven o trabajan en torno a los volcanes”, dice Lara.
 
 
Foto: CKELARFoto: CKELAR
 
 
Sistemas dinámicos
Aunque los volcanes en Chile son un verdadero paraíso natural para la volcanología, estudiar y monitorear volcanes chilenos es complejo, advierte el doctor Felipe Aguilera, director del Instituto Milenio Ckelar Volcanes y profesor titular de la Universidad Andrés Bello.
 
Así lo explica: “Los volcanes son un sistema dinámico que necesita una observación sistemática, no solo instrumental también de terrenos y de toma de muestras en un territorio extenso, con volcanes de difícil acceso, con condiciones climáticas adversas y de grandes alturas, lo que hace que la investigación y la vigilancia volcánica requiera de mucha inversión tanto de tiempo como de recursos por parte de las instituciones”.
 
Algo que concuerdan en Sernageomin, ya que para realizar un monitoreo volcánico continuo hay que estar cerca de los volcanes y mantener estaciones funcionando en zonas altas, en condiciones de nieve, hielo y viento, lo que es un gran desafío desde el punto de vista de la ingeniería.
 
“La clave es tener una serie de estaciones que permitan tener redundancia, es decir, si cae la señal de una poder contar con otra, tener telecomunicaciones no sólo con un canal, idealmente que la transmisión sea satelital y con varias vías de entrega de datos”, asegura Álvaro Amigo.
 
Pero todo el sistema de vigilancia requiere un trabajo multiparamétrico, concuerdan los expertos: Se necesita un monitoreo y estudio variado de los volcanes activos que permita entender los cambios internos y superficiales para adelantarse a cualquier actividad que un volcán pueda presentar.
 
“Si bien las erupciones aún son impredecibles, con la vigilancia volcánica podemos detectar con meses y semanas de alteración cambios en el volcán que podrían desencadenar en una erupción, lo que permite tomar decisiones de seguridad importantes”, aclara el doctor Lara.
 
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