.jpg)
Por Javiera Benavente
Fotografías por Antar Machado
El caballo ha sido, desde siempre, el fiel compañero del hombre en la Patagonia. Sobre su lomo se recorrieron distancias infinitas, cruzando pampas, ríos y cordilleras bajo un clima tan indómito como el espíritu de quienes la habitan. Durante semanas, los gauchos colonos avanzaban guiados por el instinto y la necesidad, hasta que aquel modo de vida se volvió costumbre, y la costumbre, cultura.
Una cultura que respira en cada fogón, en cada arreón, en el silbido del viento y en la mirada de los caballos. Una forma de vivir que se transformó en tradición y hoy busca ser heredada por nuevas generaciones, para que su esencia —hecha de tierra, sudor y tenacidad— no se disuelva en el olvido.
“Tierra de a caballo” es una cabalgata organizada por la agencia de turismo rural Aysén Somos, que invita a revivir ese vínculo antiguo entre el hombre, el caballo y la naturaleza. Una experiencia de tres días y dos noches que recorre las pampas abiertas y las montañas ventosas del sur de Chile, donde aún late el corazón de la vida de campo.
Más que una travesía, es una forma de preservar lo que somos. Su propósito es claro: que la cultura rural de la Patagonia siga viva.
En su tercera versión, realizada en 2025, participaron más de 130 jinetes de todas las edades y rincones del mundo. Familias completas que, año a año, regresan a vivir esta experiencia única, tejida de camaradería, esfuerzo y sentido de pertenencia.
La presencia de niños y jóvenes convierte esta cabalgata en algo más que una simple travesía: un puente entre generaciones. A través de ellos se busca mantener encendida la cultura gaucha y campesina de Aysén, asegurando que el legado continúe vivo en la memoria de los más pequeños.
Sus creadores, Francisca Stock y Javier Galilea, sueñan con que cada participante se impregne de esta forma de vida: “Queremos que quienes participen no solo monten un caballo, sino que sientan lo que significa vivir el campo, compartirlo y respetarlo. Que comprendan que aquí, en esta tierra, la tradición no es un pasado: es presente y futuro.”
Javier Galilea y Francisca Stock preparando cada detalle para recibir a los jinetes de la travesía.
Las nuevas generaciones cabalgando junto a sus padres, compartiendo el amor por los caballos y la tradición.Día 1: Donde el viento nunca amaina
A primera hora del día, los relinchos se mezclaban con el silbido del viento. Los tropilleros, con sus mejores aperos, alimentaban a los caballos bajo el primer amanecer de la travesía. Había expectación en el aire: una nueva versión de Tierra de a Caballo estaba por comenzar, esta vez en los alrededores de Puerto Ibáñez, siguiendo la ruta “Estancias del Chelenko”, donde el viento no da tregua y el lago General Carrera —el segundo más grande de Sudamérica— se impone con su majestuosidad, desplegando sus aguas turquesas y puras.
Javier y Francisca, anfitriones de esta cabalgata, recibían a los 130 jinetes con la serenidad de quienes conocen el rumbo y la emoción de quienes lo comparten por primera vez. Hombres, mujeres, jóvenes y niños se fueron sumando poco a poco a sus tropillas: ajustando monturas, revisando riendas, saludando a viejos compañeros de ruta. También había rostros nuevos, venidos de distintos rincones de Chile e incluso del extranjero, atraídos por una misma pasión: el amor por los caballos y el anhelo de aventura.
Emprendimos la marcha, dejando atrás el punto de partida para internarnos lentamente en la montaña. Los primeros kilómetros fueron de reencuentros y conversaciones cruzadas entre el sonido de los cascos y el soplo del viento. Las miradas se reconocían, las risas se mezclaban con el polvo del camino. Había una complicidad silenciosa, de esas que nacen cuando se comparte la travesía y se celebra el amor por cabalgar. Porque aquí, más que montar, se trata de acompañar el ritmo del caballo, escuchar la tierra y dejar que el viaje haga lo suyo.
El primer destino era la Estancia La Pirámide, dedicada a la ganadería, con vistas abiertas hacia los cerros que dominan el Valle Ibáñez. El trayecto asciende bordeando el cerro del mismo nombre, un macizo emblemático en la zona, con 1.743 metros de altitud. A mitad de camino, una hermosa laguna de aguas claras apareció entre los matorrales y el bosque. La rodeamos por uno de sus costados, avanzando hasta La Pedregosa, el segundo campo del recorrido.
Después de ocho horas de marcha y veintidós kilómetros recorridos, el grupo llegó al atardecer. Los caballos descansaron y la mayoría de los jinetes regresó a Puerto Ibáñez, pues para la noche se anunciaba mal tiempo: viento fuerte y lluvia. Los tropilleros, en cambio, se quedaron a cuidar de sus caballos, resguardándose en las caballerizas.
Cerro La Pirámide en el fondo.
Los jinetes con el imponente Lago General Carrera como telón de fondo.Día 2: Cabalgando a lo largo del lago General Carrera
El segundo día amaneció radiante. Desde La Pedregosa partimos bordeando el lago General Carrera, ese vasto espejo turquesa que parece no tener fin. El sendero serpenteaba entre subidas y descensos por la estepa patagónica, abriendo ante nosotros, los jinetes, vistas impresionantes hacia el sur y sobre el lago. Desde lo alto del caballo se revelaban perspectivas imposibles de contemplar desde otro ángulo: largas filas indias avanzando entre los cerros, zigzagueando sobre miles de coirones, en un espectáculo único para quien se atreve a vivir esta travesía.
También hubo tramos de mayor dificultad. El viento soplaba con fuerza y constancia, y las pendientes exigían precisión y calma. En las bajadas y subidas más pronunciadas, el apoyo del staff y de los tropilleros fue esencial; con su experiencia y temple, nos guiaban paso a paso, asegurando que cada caballo alcanzara su rumbo y todos pudiéramos cruzar sin inconvenientes.
El descenso nos llevó hasta las chacras de La Maroma, donde nos esperaba una tarde de descanso y juegos. Mientras los caballos pastaban, todos los participantes buscábamos dónde armar campamento, entre los árboles, resguardando las carpas del viento que no cesaba.
Esa tarde fue de convivencia y complicidad, un momento para compartir, conversar y rememorar experiencias. Como siempre, los mayores contaban a los más jóvenes sus aventuras, enseñándoles en el acto cómo es vivir en el campo: cómo se siente habitar esta cultura hecha de amor, trabajo y una profunda sensación de paz. Fue un verdadero traspaso de saberes, de esos que se aprenden haciendo: mostrar en la práctica lo que significa vivir en el campo y sus valores más nobles.
Jugamos a las “carreras de tres pies”, donde las parejas corrían con un pie amarrado y los ojos vendados, y también hicimos que los tropilleros reconocieran a sus caballos solo a través del tacto. Otros armaron duplas para jugar al “truco”, ese clásico juego de estrategia y faroleo. Las risas no faltaban, el ánimo no decaía y la buena energía, después de un largo día, seguía encendida. El sol cayó lento sobre el lago, y la jornada cerró con la calma serena de las cosas simples.
Día 3: Ánimo alto en el último día
El tercer día comenzó temprano. Aunque la noche anterior el viento no dio tregua y muchos apenas durmieron, el ánimo seguía intacto. Al amanecer, la tropa volvió a ensillar con la misma energía de los primeros días, preparándose para cerrar la travesía. El recorrido siguió por los campos de La Maroma, La Pedregosa y La Pirámide, bordeando el paso Palavicini. A un costado, el lago Chelenko acompañaba la marcha con su celeste profundo, reflejando el pulso pausado del grupo que avanzaba, poco a poco pero con buen ritmo, hacia el lugar donde todo había comenzado.
En el camino, un grupo de guanacos apareció de repente y se detuvo apenas unos instantes. Sus movimientos serenos, propios de la naturaleza virgen y libre, nos regalaron un momento único, silencioso y casi mágico, como si la naturaleza misma nos invitara a detenernos y contemplar.
El viento, esta vez de frente, se dejó sentir con fuerza. Las ráfagas golpeaban sin tregua y avanzar exigía paciencia y coraje. Cada cierto tiempo, una boina salía volando, arrastrada hacia atrás por el viento. Cada jinete se inclinaba sobre su montura, siguiendo el paso firme de su caballo, mientras el paisaje parecía deslizarse en cámara lenta.
Cuando el sol comenzó a caer, el grupo llegó al destino final, desfilando por las calles de Puerto Ibáñez antes de regresar al punto donde todo había comenzado. El humo de un asado de chivo anunciaba el cierre perfecto. El fuego, los cantos de guitarra, la buena comida y las risas se mezclaban en una armonía inolvidable. La conversación se extendió mientras caía la noche, cerrando la jornada con emoción y satisfacción. Una vez más, muchos habíamos logrado completar la travesía sin inconvenientes y con el corazón lleno, mientras otros disfrutaban de la alegría de vivir por primera vez esta aventura.
Así concluyó la tercera versión de Tierra de a Caballo. Tres días intensos de viento, esfuerzo y compañerismo, en los que los más pequeños se impregnaron de esta cultura, observando cómo padres, madres y amigos viven y enseñan con su ejemplo. Una travesía que no solo recorre el paisaje, sino que lo habita. Porque aquí, entre el caballo y la naturaleza, lo que importa no es solo llegar, sino comprender —aunque sea por un instante— lo que significa recorrer la misma tierra que nuestros antepasados, sentir sobre el lomo del caballo y dejar que su historia nos atraviese.
Aysén Somos ya tiene definida la ruta de la Tierra de a Caballo 2026, en su cuarta edición, que este año suma un día más de travesía y se realizará los días 19, 20, 21 y 22 de febrero. El recorrido atravesará la Estancia Punta del Monte, pasando por sus campos El Pedregoso, Loncomahuida y San Luis, conectando tradición, paisaje y cultura ecuestre. La ruta también llevará a los participantes por Koi-Aike (Coyhaique Alto) y Ñirehuao. Más información e inscripciones al evento en este link: https://www.aysensomos.com/event-details/tierra-de-a-caballo-2026 .





.gif)



