Cómo la travesía de una ballena jorobada hasta la Antártida está transformando nuestra comprensión de los océanos de la Patagonia

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Foto: Horacio Barbieri/Rewilding ArgentinaFoto: Horacio Barbieri/Rewilding Argentina
 
 
Por Claudio Rojas
 
Una ballena jorobada equipada con un transmisor satelital ha realizado una migración extraordinaria y sin escalas desde el Parque Provincial Patagonia Azul, en Argentina, hasta las Islas Orcadas del Sur, en la Antártida: un trayecto de más de 2.500 kilómetros en menos de tres semanas. Los datos de seguimiento, recopilados por la Fundación Rewilding Argentina, han aportado nuevos conocimientos sobre los corredores migratorios y han puesto de relieve una urgente crisis de conservación en el primer destino antártico de la ballena.
 
El 13 de enero de 2026, investigadores de la Fundación Rewilding Argentina avistaron una ballena jorobada en las aguas del Parque Provincial Patagonia Azul, en Chubut. Se alimentaba y buceaba junto a otra ballena. La llamaron Popa y le colocaron una baliza satelital que registraría uno de los viajes más espectaculares jamás documentados en el Atlántico Sur.
 
Durante más de un mes, Popa permaneció en el parque y en las aguas circundantes, alimentándose vorazmente y llegando tan al sur como Rocas Coloradas, otro lugar clave de alimentación para las ballenas jorobadas. A finales de febrero, algo cambió. Entre el 24 de febrero y el 16 de marzo, nadó casi sin descanso, recorriendo los 2.500 kilómetros que la separaban de las Islas Orcadas del Sur —donde se encuentra la base argentina Orcadas, la estación antártica con presencia humana ininterrumpida más antigua del mundo—. Tras descansar algunos días, reanudó su viaje hacia la Península Antártica el 28 de marzo.
 
Los dispositivos satelitales empleados en este tipo de investigación se fijan temporalmente a la piel de la ballena y transmiten ubicaciones GPS en tiempo real durante semanas o meses, hasta que el cuerpo del animal los expulsa de forma natural. Las biopsias de tejido tomadas durante el marcaje permiten a los científicos determinar el sexo, analizar el ADN y comparar poblaciones de diferentes regiones.
 

“Este tipo de datos nos ayuda a comprender mejor la relación entre las zonas de alimentación y las rutas migratorias”. 

- Lucas Beltramino, biólogo, Proyecto Patagonia Azul

 

Ballena joroboda en Parque Provincial Patagonia Azul. Foto: Horacio Barbieri/Rewilding ArgentinaBallena joroboda en Parque Provincial Patagonia Azul. Foto: Horacio Barbieri/Rewilding Argentina

 
Patagonia Azul: el punto caliente de las ballenas jorobadas en Argentina
El viaje de Popa es el resultado de cinco temporadas de seguimiento sistemático que han transformado el conocimiento científico sobre este tramo de la costa atlántica argentina. Desde que el programa comenzó en 2021, el número de ballenas jorobadas identificadas individualmente en el parque ha aumentado a 239, una cifra que habría parecido inimaginable cuando apenas existían registros de ballenas en la zona.
 
Cada ballena se identifica por la forma y las marcas únicas de su aleta caudal —una “huella digital” natural que permite a los investigadores crear un catálogo cada vez más extenso de individuos—. Ya se han encontrado coincidencias entre ballenas fotografiadas en Argentina, Brasil, el Canal de Beagle y la Antártida, lo que revela patrones de movimiento mucho más complejos de lo que se creía. Además de las rutas oceánicas conocidas, los datos sugieren la existencia de un posible tercer corredor migratorio costero, más próximo a la costa de lo que los científicos esperaban.
 
Beltramino resalta la importancia del parque: “Probablemente sea el lugar con la mayor concentración de ballenas jorobadas de toda la costa atlántica argentina”. En una sola temporada, se registraron más de un centenar de ejemplares en una sección del parque. La zona alrededor de Rocas Coloradas, donde Popa se detuvo en su viaje hacia el sur, también se ha revelado como un área de alimentación secundaria fundamental para la especie.
 
 
Ballena joroboda en Patagonia Azul. Foto: Krissia Borja/Rewilding ArgentinaBallena joroboda en Patagonia Azul. Foto: Krissia Borja/Rewilding Argentina
 
 
Una migración récord —y un contexto global
Las ballenas jorobadas son famosas por sus viajes de larga distancia. Investigaciones han demostrado que algunas poblaciones realizan migraciones de más de 8.000 kilómetros —el viaje anual más largo de cualquier mamífero de la Tierra— desplazándose entre las zonas de reproducción tropicales y las áreas de alimentación polares. Durante el trayecto, ballenas como Popa pueden pasar meses sin alimentarse, dependiendo exclusivamente de las reservas de grasa acumuladas en las ricas aguas estivales.
 
Lo que hace que el caso de Popa sea especialmente valioso para los investigadores son los datos continuos y detallados proporcionados por la etiqueta satelital. Los científicos pudieron observar no solo el destino del animal, sino también su comportamiento en el trayecto: una prolongada fase de alimentación en la Patagonia, un cambio abrupto a una natación sostenida y casi ininterrumpida, y finalmente su llegada y descanso en aguas antárticas. Esta combinación de detalles conductuales y geográficos rara vez se obtiene en un solo registro de seguimiento.
 
 
Ballena Jorobada alimentandose en el Parque Provincial Patagonia Azul. Foto: Horacio Barbieri/Rewilding ArgentinaBallena Jorobada alimentandose en el Parque Provincial Patagonia Azul. Foto: Horacio Barbieri/Rewilding Argentina
 
 
Destino: una zona de crisis del krill
Las Islas Orcadas del Sur, donde Popa arribó por primera vez a la Antártida, se encuentran entre las áreas de alimentación de ballenas más importantes del océano Austral. También son, según organizaciones conservacionistas, el epicentro actual de la pesca industrial del krill.
 
El krill antártico —pequeños crustáceos similares a las gambas— es la base de la red trófica del Océano Austral. De él dependen ballenas jorobadas, ballenas de aleta, pingüinos, focas y aves marinas. Los superarrastreros industriales extraen cientos de miles de toneladas cada año, principalmente para la producción de suplementos de omega-3 y alimento para piscifactorías. En 2025, por primera vez en la historia, la pesquería de krill antártico alcanzó su límite de captura estacional de 620.000 toneladas, lo que provocó un cierre anticipado y alarmó a los científicos.
 
Un estudio publicado por el British Antarctic Survey ha señalado una disminución en las tasas de gestación de las ballenas jorobadas, que los científicos atribuyen en parte a la menor disponibilidad de krill. Las Islas Orcadas del Sur y la Península Antártica —los destinos de Popa— son precisamente las zonas donde la pesca de krill se ha intensificado tras la decisión de 2024 de la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA) de no renovar las normas de dispersión de las capturas. Organizaciones conservacionistas, entre ellas Sea Shepherd y Pew Bertarelli, han advertido que, sin medidas de protección más estrictas, la presión sobre el krill —y sobre todas las especies que dependen de él— no hará más que intensificarse.
 
Para los investigadores que siguen a Popa, su llegada a este punto crítico es un mensaje contundente: las mismas aguas en las que nadó para alimentarse están siendo despojadas de su recurso principal por las flotas industriales.
 
 
Foto: Horacio Barbieri/Rewilding ArgentinaFoto: Horacio Barbieri/Rewilding Argentina
 
 
¿Qué vendrá después?
La historia de Popa ya está cambiando la manera en que los científicos conciben el tramo de océano entre la Patagonia y la Antártida. El programa de seguimiento ha confirmado que “Patagonia Azul” no es solo un punto de paso, sino una zona de alimentación fundamental por derecho propio, cuya protección resulta clave no solo a nivel local, sino también para la salud del ecosistema del Atlántico Sur en su conjunto.
 
Cada temporada suma nuevos ejemplares al catálogo, nuevas conexiones entre regiones distantes y nuevos datos que acercan a los científicos, poco a poco, a una visión más completa de adónde van las ballenas jorobadas y por qué. La etiqueta satelital de Popa ya se desprendió, pero los datos que aportó seguirán siendo fundamentales para las decisiones de conservación en los años venideros.
 
 

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