Cóndores en la Patagonia

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El avistar cualquier ave volando – un águila, un halcón o incluso una gaviota – es una emoción especial que siempre me para en seco.  La esperanza de llegar a ver un cóndor andino, el ave voladora de mayor envergadura del hemisferio occidental, fue un incentivo importante en mis viajes a la Patagonia. En América del Norte, el cóndor está prácticamente extinto desde 1964.  Nuestros ancestros los asesinaron sistemáticamente sólo por entretención o por la idea equivocada que los cóndores asesinaban al ganado.  El único uso posible que se le daba a un cóndor muerto, hasta dónde yo sé,  era la utilización de sus plumas para esconder polvo de oro por parte de los mineros. 
 
Vivos, los cóndores son aves magníficas que flotan en el aire durante horas. El científico evolucionista Charles Darwin los describió en vuelo señalando “nunca tienen que batir sus alas excepto cuando despegan y aterrizan, cubriendo vastas distancias, hasta 100 millas en un día, en busca de alimento”.  Con una envergadura alar de hasta 12 pies, sus huesos súper livianos y ahuecados aguantan la estructura corporal más perfecta que cualquier aeronave fabricada por el hombre. 
 
Este es un extracto de mi diario en 1964, con la Expedición Cuernos, donde describo un encuentro con cóndores mientras nos acercábamos al Macizo del Paine:
 
20 de enero de 1964.  Llegamos a Paine, dejamos nuestras mochilas y la carga en nuestro nuevo campamento base, donde las pampas planas y cubiertas de pasto se encuentran con los bosques y las pendientes del macizo de las montañas del gran Paine.  Recuperé el aliento y me tomé una taza de té y me sentí re-energizado para volver a moverme.  Escalé las pendientes del pico más cercano, abriéndome paso por entre bloques de bolones gigantes y barrancos llenos de piedrecillas que permitían el paso entre los contrafuertes de afloramientos de piedra pizarra negra.  Subiendo por un terreno más empinado, finalmente me detuve sobre la cornisa de una roca.  Ahora, aproximadamente a 1.600 pies sobre el campamento, me senté y asimilé la vista.  Esparcidas allí debajo yacían vastas millas de la Patagonia del sur – lo que es ahora el Parque Nacional Torres del Paine.  Vi el azul cobalto de los lagos Nordenskjold y Toro; el serpenteante Rio Paine—transparente como el cristal y salpicado con el encaje blanco de los rápidos y de las cataratas; vastas pampas que mudaban en distantes montañas, donde se podían seguir con la vista las lenguas de los glaciares por los cañones hasta un inmenso plató de hielo, los campos de hielo de la Patagonia del sur.
 
Allí en la cornisa, cansado hasta más no poder y no sólo por la escalada, sino por el extenso viaje de 8.000 millas que incluyó cruzar manejando Estados Unidos, un vuelo a Quito, Ecuador y luego manejar por tierra cruzando gran parte de América del sur para llegar a la Patagonia.  Me estiré.  Me fijé en un pájaro de gran tamaño, que parecía un punto en la distancia, flotando y planeando en el cielo.  Al mirarlo, una sensación de tranquilidad y sosiego se metió en mi cuerpo y cerré los ojos. 
 
 
No obstante, no mucho rato después, un sonido, como el sacudir de una lona, me despertó.  Me quedé inmóvil, desorientado por un segundo.  Pero cuando abrí los ojos una especie de golpe eléctrico de conciencia recorrió mi cuerpo rápidamente – un enorme pájaro negro, un cóndor, había pasado flotando por mi lado, ¡tan sólo a unos pies de mi cornisa!.  Al virar abruptamente y devolverse haciendo un círculo, sus alas se curvaron y batieron instantáneamente para cambiar la dirección.  “¡FLAP!”  Aunque estaba alarmado, me mantuve tranquilo, dándome cuenta de inmediato que ésta era una oportunidad excepcional para observar a un cóndor en vuelo.  Me las arreglé para mantenerme boca abajo, “haciéndome el muerto”.  Pasó flotando, más cerca ahora, apenas por encima de la velocidad de detención.  Podía ver las plumas de vuelo que parecen dedos al final de sus alas, cada una moviéndose en forma independiente, como si masajearan el aire. 
 
Otro cóndor se unió al círculo y ¡¡¡luego otro!!! En tan sólo minutos ocho de estos gigantes buitres negros estaban en el aire, maniobrando para pasar por mi cornisa.  Sus alas operaban en micro-ajuste para atrapar las desvanecientes corrientes verticales – aquellas sutiles que yo no podía detectar – y así controlar las complejidades de su vuelo.  Para desacelerar, bajaban sus pies.  Mientras los cuerpos de las aves realizaban estos delicados movimientos, sus cabezas operaban independientemente, girando para mirar en todas direcciones, incluso directo hacia abajo y por encima de sus alas.  Principalmente me miraban a mí. 
 
¡Dios mío! ¡¡Me estaban evaluando para comerme!! Me mantuve tranquilo, sin mover nada excepto mis ojos.  Ellos vieron las esferas blancas de mis ojos tan claramente como yo vi las de ellos – ojos negros con un toque de rojo.   Nerviosamente mantuve mi postura de arquetipo de carroña y planearon más cerca todavía.  Podía ver las delicadas y pequeñas plumas blancas de sus elegantes collares en el cuello moviéndose levemente.  Sus picos sobresalían como la cuchilla de un carnicero, con un gancho en la punta para moler los animales muertos más duros.  Finalmente, no aguanté más.  Salté y me puse de pie, aleteando mis brazos y gritando: “¡Estoy vivo, criaturas sangrientas, váyanse! ¡ESTOY VIVO! ¡VÁYANSE!
 
 
Cambiaron de dirección y yo recuperé la cordura.  Los ocho cóndores que acababa de ver equivaldrían exactamente a un tercio de toda la población de cóndores norteamericanos que existían en 1964.  Los esfuerzos de preservación de los cóndores sólo comenzaron más tarde en Estados Unidos.  Del mismo modo, los rancheros y los “deportistas” les seguían disparando en América del Sur, pero la mentalidad de preservarlos pronto llegó a toda la cordillera de los andes.  El cóndor es el símbolo antiquísimo de la libertad y del poder, decorando los escudos de armas y la moneda de prácticamente todas las naciones andinas.  Ahora, también se le respeta y admira pero no sólo como un trofeo trivial, relleno, sino como una criatura viva por todas sus magníficas características. 
 
Fotos gentileza Evelyn Pfeiffer, Sebastian Wilson Leon, y Elaine Bettany via Flickr
 
 
 

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